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viernes, 10 de julio de 2026

«PUBLICIDAD ?…es VULGAR TRANSA: AMERICO FIGURA en LISTADO de ENTIDADES donde el COCHUPO,CHAYOTE y EMBUTE DOMINA a la PRENSA»…la línea editorial en TU PERJUICIO empieza en la tesorería.


En México la libertad de expresión no se censura… se administra. Se dosifica con contratos de publicidad, se castiga con demandas y, si hace falta, se intimida con el viejo catálogo de siempre: presión política, chantaje económico o el elegante “no te conviene”.

El artículo de Sergio Aguayo para EL Norte lo deja claro sin decirlo de frente: la relación entre poder y prensa nunca ha sido de principios, sino de presupuesto. Ahí están los números —La Jornada recibió mil 304 mdp; Milenio Diario 300 mdp; El Universal 138 mdp; El Financiero, 75 mdp; y REFORMA 24 mdp (cifras actualizadas a pesos de 2024). Se desconocen los criterios empleados. En este país, la línea editorial muchas veces empieza en la tesorería.

Y si alguien cree que esto es nuevo, basta rascarle tantito a la historia: desde el expresidente Plutarco Elias Calles cerrando periódicos incómodos hasta Manuel Bartlett operando castigos financieros. Cambian los nombres, no las mañas. Hoy no necesitas clausurar imprentas; basta con asfixiar ingresos o soltar a los fieles operadores judiciales.

Pero donde el asunto se vuelve más turbio es fuera de la CDMX. Porque no es lo mismo escribir desde un corporativo en Reforma que desde Tamaulipas, donde el poder político bajo el gobierno e Morena y Americo Villarreal no camina solo y donde el silencio muchas veces no es autocensura, sino instinto de supervivencia y no solo economíca.

Ahí es donde el texto de Aguayo conecta con el caso tamaulipeco: los relevos en comunicación social, antes «Paco» Cuellar,ahora el Nayarita Ricardo Algarin Hernandez— no cambian el sistema, solo cambian al operador del “chayote”. Se va Paco, llega Algarín, pero el mecanismo sigue intacto: premiar al dócil, castigar al incómodo y mantener alineado el relato.

Porque el verdadero mensaje es este: en estados como Tamaulipas, la libertad de expresión no depende de la Constitución, sino del humor del gobernador, del presupuesto disponible y de qué tan peligroso resulte publicar lo que sabes.

El periodista, entonces, no solo escribe: calcula. A quién incomoda, quién puede responder, qué tan caro puede salir. Y aun así, publica.

Por eso la frase final del texto pesa más de lo que parece: sí hay márgenes de libertad, pero vienen con gruñidos, manotazos… y a veces algo peor.

Y en ciertas plazas del país, esos “gruñidos” no son metáfora.

Con información: ELNORTE/ SERGIO AGUAYO/ ARTICULO-19

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