Ismael “El Mayo” Zambada, el viejo fantasma que durante décadas operó sin dejarse ver, ahora sí tuvo que asomarse… pero ante una corte federal en Nueva York. Y no fue para presumir poder, sino para pedir algo mucho más terrenal: una cárcel con buen servicio médico. Porque el legendario capo, de 76 años, ya no está para fugas épicas ni guerras de plaza, sino para lidiar con achaques que no perdonan ni a los intocables
A través de su abogado, Frank A. Pérez, Zambada básicamente le dijo al juez Brian Cogan: “sí, soy culpable, sí, me toca cadena perpetua… pero mándenme a un lugar donde no me muera antes de tiempo”.
La defensa insiste en que no se trata de privilegios ni de una prisión “light”, sino de un encierro que al menos tenga lo necesario para atender su deteriorado estado de salud. Traducción: el capo que nunca cayó, ahora negocia condiciones médicas.
El documento deja claro que el Mayo no quiso hacer circo judicial. Nada de juicio largo, nada de recursos dilatorios, nada de colaborar con las autoridades para raspar reducción de condena. Se declaró culpable y punto. Según su abogado, eso le ahorró tiempo y dinero al sistema. Un contraste directo con su ex socio, Joaquín “El Chapo” Guzmán, cuyo juicio fue un maratón de 11 semanas que mantuvo al mundo pegado a la pantalla.
Pero el retrato no estaría completo sin el lado personal, que la defensa mete casi como quien no quiere la cosa: un patriarca con 16 hijos, de entre 6 y 55 años, producto de varias relaciones tras un matrimonio de dos décadas. El mensaje implícito: no solo es un capo histórico, también es un hombre de familia. Uno bastante productivo, por cierto.
Ahora todo queda en manos del mismo juez que sentenció al Chapo. Brian Cogan decidirá no solo cuánto pesará formalmente esa cadena perpetua que ya es un hecho, sino en qué tipo de celda pasará sus últimos años el hombre que durante décadas fue sinónimo de invisibilidad criminal.
Aquí hay una ironía casi literaria, pero con pólvora real detrás: el hombre que acumuló todos los poderes paralelos al Estado termina reducido al más básico de todos, el de poder sobrevivir con dignidad en una cama de prisión.
Durante décadas, el Mayo Zambada fue una especie de poder alterno: tenía poder criminal para ordenar y desaparecer; poder de fuego para imponer; poder económico para comprar lealtades; poder político para infiltrarse en estructuras que, en teoría, debían combatirlo; y poder corruptor para doblar voluntades a ambos lados de la frontera. Era, en muchos sentidos, un sistema en sí mismo.
Hoy, todo ese andamiaje se colapsa en una escena casi doméstica: un hombre de 76 años pidiendo acceso a médicos, tratamientos y condiciones mínamente humanas. El capo que movía toneladas ahora negocia pastillas. El que decidía destinos ajenos, ahora depende de un burócrata penitenciario que autorice consultas.
La ironía no es solo que haya perdido el poder, sino la naturaleza del poder que le queda por disputar. Ya no es territorial ni financiero, es biológico. Ya no se trata de controlar rutas, sino de controlar síntomas. Su última negociación no es con rivales ni con gobiernos, sino con el deterioro inevitable del cuerpo.
Y ahí está el contraste más brutal: todo el poder acumulado durante décadas no alcanza para comprar tiempo ni salud. El mismo sistema que durante años pudo corromper, ahora lo administra con expediente, protocolo y calendario médico.
Al final, el capo que parecía intocable queda reducido a una verdad incómoda: el único poder que le queda es el más elemental y el más frágil… el de aspirar a que alguien le tome la presión a tiempo.
Con información: ELNORTE/

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