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domingo, 12 de julio de 2026

LA “CABEZA FRÍA YA está HIRVIENDO: SHEINBAUM NO está a la ESTATURA de los PROBLEMAS,los ENRARECE,los COMPLICA y VIOLENTA las LEYES del PODER…no se gobierna ni ella.

Suele pasar en las relaciones —personales o diplomáticas—: nadie aguanta el papel de virtuoso para siempre. La paciencia se agota, la serenidad se fisura y, tarde o temprano, sale el carácter. Eso le está ocurriendo a la presidenta Claudia Sheinbaum, cuya célebre “cabeza fría” frente a Estados Unidos ya no enfría nada: ahora hierve.

Al inicio de su gobierno, la estrategia era clara: contener impulsos, evitar reacciones viscerales y proyectar control. Funcionó. Hubo aplausos, estabilidad y hasta resultados. Pero esa etapa parece haber caducado. La figura de la científica imperturbable se desdibuja y en su lugar aparece una mandataria irritable, de piel delgada, que responde a todo y a todos sin calibrar la importancia de cada batalla.

La transformación es difícil de ignorar. Donde antes había templanza, ahora hay arrebato. Donde se esperaba cálculo político, hay impulso. La presidenta ha pasado de administrar tensiones con Estados Unidos a protagonizar roces innecesarios, lo mismo con agencias como la CIA o el FBI que con personajes marginales cuya relevancia es, siendo generosos, discutible.

El episodio con un comentarista argentino que declaró “detestar a los mexicanos” ilustra bien el problema. No por el contenido —que es vulgar y descartable—, sino por la reacción. ¿Qué hace la presidenta de México enganchándose con alguien irrelevante para la relación bilateral? ¿Desde cuándo la agenda nacional incluye responderle a opinadores extranjeros sin peso político? La investidura presidencial convertida en caja de resonancia de provocaciones menores: mala señal.

Pero donde el asunto deja de ser anecdótico y se vuelve preocupante es en el caso del secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada. La reacción presidencial frente a una nota periodística sobre la posible participación del FBI no solo fue inmediata, sino desproporcionada: exigencias públicas, reclamos de explicaciones y la construcción de un relato oficial antes de que existiera confirmación alguna de la versión que detonó el enojo.

El problema es doble. Primero, la presidenta da por buena una versión no corroborada y escala el conflicto diplomático. Segundo, en su intento por mostrar firmeza, termina exhibiendo la opacidad de su propio gobierno: la información relevante del caso estaba reservada por la cancillería. Es decir, exige transparencia hacia afuera mientras administra silencio hacia adentro.

Ante la falta de respuesta del FBI, la ofensiva se redirige hacia un blanco más cómodo: Ken Salazar, un exembajador venido a menos, útil más como saco de boxeo que como interlocutor real. Golpear ahí no produce resultados, pero sí ruido. Y de eso ha habido bastante.

Lo verdaderamente delicado emerge cuando la Fiscalía General de la República entra en escena. En un intento por aclarar el caso, termina confesando algo peor: incompetencia estructural. 

Tenían detenido al piloto que trasladó a Zambada, sabían quién era, conocían su papel, lo encarcelaron… y nunca lo interrogaron. Ni una pregunta. Ni un intento por reconstruir la operación. Nada. Meses bajo custodia mexicana desperdiciados, hasta que decidieron enviarlo a Estados Unidos.

No es un detalle menor. Es la admisión de que el Estado mexicano tuvo en sus manos a un actor clave de uno de los episodios más relevantes del narcotráfico reciente… y no supo qué hacer con él. O no quiso. En ambos casos, el resultado es igual de grave.

Así, lo que empezó como “cabeza fría” termina en un espectáculo de reacciones calientes, mal calibradas y peor coordinadas. Y aquí es donde Robert Greene y sus «48 Leyes del poder» servirían más como advertencia que como manual ignorado.

Porque lo que estamos viendo de Sheinbaum viola varias de sus reglas básicas del poder: la ley 3 —oculta tus intenciones—, sustituida por arrebatos públicos que revelan más de lo que conviene; la ley 9 —gana con acciones, no con argumentos—, reemplazada por conferencias y reclamos sin resultados tangibles; la ley 36 —menosprecia lo que no puedes tener—, traicionada al engancharse con provocadores irrelevantes; y quizá la más evidente, la ley 38 —piensa como quieras, pero compórtate como los demás—, ignorada al convertir la presidencia en tribuna reactiva frente a cualquier estímulo.

Pero sobre todo, hay una que resume el momento: la ley 47 —no vayas más allá de tu objetivo; en la victoria, aprende cuándo detenerte—. La “cabeza fría” ya había rendido frutos. Insistir, escalar y reaccionar a todo no es fortaleza: es perder el control del tablero.

Y en política, cuando pierdes el control del tablero, alguien más empieza a jugar por ti.

Hace unas semanas el pleito era con la CIA. Ahora es con el FBI. Mañana quién sabe. Lo cierto es que, en este viraje de la templanza al arrebato, la presidencia no solo perdió compostura: también empezó a exhibir, sin querer, las costuras de un gobierno que no logra ordenar ni su información ni sus prioridades.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/EL PAIS/IGNACIO ZAVALA

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