El choque de militares y gatilleros, recién ocurrido en Ciudad Victoria, retrata a un gobierno —el de Morena y Américo Villarreal— que prefiere administrar la ceguera antes que admitir que el Cartel del Golfo de Matamoros,de su aliado Alfredo cardenas,alias «El Contador», ya se comió la capital que también usa como refugio porque la “transformación” en Tamaulipas huele más a Huachicol y complicidad con el narco que a proyecto de seguridad.
El incidente en Ciudad Victoria
Según el reporte que tuvo que venir desde Texas, el pasado domingo y en plena avenida Adolfo López Mateos —una de las principales arterias de Ciudad Victoria— un convoy de sicarios se topa de frente con un convoy militar y abre fuego, lo que desata una persecución que termina cerca de un complejo castrense. El saldo: un sicario abatido, tres heridos y detenidos, vehículos oficiales con llantas reventadas por los ponchallantas que los delincuentes fueron regando en la huida.
Mientras los soldados atendían a los heridos y aseguraban la zona, investigadores estatales levantaban el cuerpo y procesaban la escena, como si se tratara de un episodio más en una ciudad donde el plomo ya forma parte del ruido ambiente.
Todo esto en una capital estatal que, en teoría, debería ser el escaparate del “orden” bajo el gobierno de Morena y Américo Villarreal pésimamente evaluado en su desempeño a nivel nacional.
Una capital secuestrada
Breitbart quien ya ha descrito antes el papel del gobernador en las redes de extorsion ,describe una Ciudad Victoria sometida a extorsiones sistemáticas contra comercios, secuestros de empresarios y desapariciones forzadas de las que no se vuelve a saber nada.
Es decir, no estamos ante una plaza caliente en la periferia, sino ante la capital, convertida en laboratorio de terror donde el ciudadano promedio paga piso, rescate y silencio al mismo tiempo.
La misma nota de Breitbart subraya que el gobierno estatal ha hecho “en gran medida, la vista gorda” ante la violencia de los cárteles, mientras la corrupción corroe a las corporaciones policiacas hasta volverlas socios, empleados o clientes de la misma droga que deberían combatir. Con la Guardia Estatal cooptada y policías adictos y a sueldo del narco, el mensaje al ciudadano es brutal: aquí la autoridad se disfraza, pero no manda.
Cárteles en guerra, gobierno en modo avión
Ciudad Victoria sigue siendo botín en disputa entre el Cártel del Golfo que encabeza Alfredo Cardenas alias el Contador y la facción del Cártel del Noreste, heredera de Los Zetas, que llevan años midiéndose a balazos por el control del territorio.
El enfrentamiento descrito no es un hecho aislado, sino un capítulo más de una guerra que convirtió al noreste en corredor de ejecuciones, desapariciones y desplazamientos silenciosos.
Mientras los convoyes del crimen se pasean por avenidas principales con ponchallantas listos y armas largas, la narrativa oficial sigue aferrada a la letanía de “hechos aislados”, “agresores neutralizados” y “coordinación interinstitucional”. El patrón es claro: balaceras recurrentes, comunicados calcados y una clase política que solo se da por enterada cuando el ruido ya llegó a la prensa internacional.
El patrón de silenciamiento
En el propio texto se explica que la violencia ha impuesto una mordaza: cárteles que amordazan comunidades, periodistas que deben firmar con seudónimo para no ser asesinados, y medios que operan con la amenaza como línea editorial objetiva. La iniciativa de “ciudadanos periodistas” que reportan bajo alias desde Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León es la prueba de que cubrir la violencia en esta región equivale a firmar tu carta de defunción si usas tu nombre real.
En este contexto, un gobierno de Morena encabezado por Américo Villarreal, ya señalado y multiacusado desde instancias en Estados Unidos por presuntos vínculos con el trafico de huachicol y ligas con el crimen organizado que «no cruza a texas ni de chiste», no solo parece incapaz de controlar la violencia: parece necesitar el silencio como política pública.
El resultado es un ecosistema donde los balazos suenan más fuerte que cualquier comunicado oficial, pero la orden tácita sigue siendo la misma: “no se habla de eso”.
Con información: BREITBART/



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