En Veracruz los periodistas no se mueren: los archivan. Son 30, 32, 33, 34 nombres según el conteo que se mire, pero a la Fiscalía le siguen saliendo “líneas de investigación” como si fueran tortillas calientes.
Es el único lugar donde el oficio de reportero viene con cláusula tácita: no garantiza regreso a casa, solo aparición en comunicados de pésame y cifras de organismos internacionales.
La trampa mortal institucional
Organizaciones como Artículo 19 llevan años explicando que esto no va solo de cárteles, sino de un triángulo obsceno entre autoridades, empresas y crimen organizado, pero el gobierno local sigue actuando como si todo se resolviera con “protocolos”.
En la práctica, Veracruz funciona como un laboratorio de impunidad: desaparece periodistas, borra la información y asciende a los responsables políticos a otros cargos, como si el mérito fuera acumular cadáveres en zona de no conflicto.
Altares, homenajes y simulación
Instalan altares de muertos, misas, placas, minutos de silencio y comunicados solemnes, mientras el conteo de asesinados y desaparecidos se actualiza más seguido que el salario de reporteros locales.
En este cementerio, la memoria oficial se reduce a flores plásticas y discursos huecos; la verdadera hemeroteca está escrita en morgues, patios vacíos y cuentas de Facebook que dejaron de publicar de golpe.
Veracruz, zona de silencio
Hoy las organizaciones hablan de “zona de silencio”, pero es más bien zona de exterminio selectivo: quien estorba al poder desaparece, quien incomoda a los grupos armados aparece en nota roja.
La libertad de expresión en Veracruz no es un derecho; es un deporte extremo practicado por reporteros precarizados, sin protección efectiva, que trabajan sabiendo que la estadística ya les apartó lugar en la próxima investigación de violencia letal.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ DAVID MARCIAL PEREZ/

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