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sábado, 13 de junio de 2026

«NO es CASO AISLADO,es AVISO a CRIMINALES: DON JUAN de 70 AÑOS MATÓ DOS ASALTANTES INTENTANDO DEFENDER la VIDA de su HIJO y PATRIMONIO»…lamentablente,no consiguió lo primero.


En Monterrey, un hombre de 70 años decidió que el pasado martes no iba a ser un martes más de miedo. Don Juan Tejada, viejo comerciante de barrio, escuchó los gritos de su hijo y el ruido seco de la violencia entrando por la puerta de los abarrotes “Tejada”, en la colonia CROC; del otro lado no había “inseguridad”, había dos hombres armados que ya habían decidido que la vida de su familia valía menos que la caja del día.

Lo que vino después no es una historia de héroes de Marvel, sino de un padre septuagenario al que la vida y el Estado le habían enseñado una lección brutal: cuando llamas al 911, llega tarde; cuando denuncias, archivan; cuando suplicas justicia, te responden con estadísticas. 

El Ministerio Público lo detuvo, pero tuvo que dejarlo en libertad al considerar que actuó en legítima defensa ante la presión de vecinos y la opinión pública que lo convirtieron en símbolo del hartazgo frente a la violencia cotidiana.

Así que Don Juan hizo lo que millones sienten y casi nadie se atreve a hacer: tomó un arma, no para jugar al Rambo de colonia, sino para arrancarle a la violencia, a tiros, los segundos que le quedaban a su hijo.

El resultado es un retrato despiadado del país: dos asaltantes muertos, un hijo asesinado, un padre vivo pero atravesado para siempre por una culpa que no le corresponde. La fiscalía lo retuvo unas horas, “para verificar si era legítima defensa”, mientras afuera los vecinos gritaban lo que el discurso oficial nunca se atreve a admitir: que la legalidad que se le exige a Don Juan no se le exige a un sistema que dejó crecer la violencia hasta entrar a su casa.

«Ljusticia por propia mano de del gatillo de Don Juan, es resultado de los años de omisión, de carpetas congeladas, de patrullas que llegan cuando ya todo terminó, de gobiernos ramplones que presumen índices de paz mientras la gente entierra hijos y limpia sangre del piso de sus negocios.

La respuesta de Don Juan fue violenta, sí, pero antes de ese disparo hubo décadas de violencia institucional: salarios de hambre, calles sin presencia policial efectiva, detenidos que salen antes de que la víctima entierre a los suyos, colonias donde la ley llega en boletín de prensa, no en patrulla. En ese escenario, su reacción no es una excentricidad, es la consecuencia lógica de un Estado que cedió la cancha y dejó al ciudadano solo frente al arma ajena.

Cuando el Ministerio Público decidió liberarlo al reconocer la legítima defensa, no estaba premiando a un vengador anónimo, estaba aceptando —aunque sea por un segundo— que el sistema ya no alcanza para contener el hartazgo. Y aun así, la misma maquinaria que suelta delincuentes reincidentes es la que “evalúaba” si un viejo que vio morir a su hijo merece dormir en su propia cama o en una celda.

La historia de Don Juan no es un caso aislado, es un aviso. Cuando la gente siente que la ley ya no la protege, la legítima defensa deja de ser un concepto jurídico y se vuelve un instinto de supervivencia; la pregunta no es por qué disparó él, sino cuánto falta para que más padres, más madres, más vecinos, se convenzan de que la única respuesta que les dejaron es la más cruda de todas.

Con informacion: MILENIO/REDES

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