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martes, 16 de junio de 2026

EL «SABE de AGUACATES: EX-INTEGRANTE de la MARINA ACLARA con TONO ACADEMICO el ERROR de la MILITARIZACION del PAIS»…al final, lo que parece disciplina patriótica es solo desorden institucional con uniforme y fuero.


Infodefensa ha tenido la oportunidad de dialogar con Alejandro Juárez Ascencio, una de las voces más reconocidas en temas de Defensa en México.  Sirvió ocho años en la Secretaría de Marina-Armada de México (2007-2015). Fue condecorado dos veces, una de ellas por su sobresaliente actuación en enfrentamientos armados contra el crimen organizado. 

Su vocación de servicio a México le hizo notar que había un enorme desconocimiento de la vida militar entre la población civil, lo cual causaba múltiples malentendidos y prejuicios. Con esto en mente, en 2018 ingresó al prestigioso Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde estudió su maestría y doctorado en Historia.

La tesis central de Juárez —“hablar seriamente de defensa nacional es desmilitarizarla”— es básicamente una bomba molotov lanzada contra el fetiche castrense que domina el discurso público en México y buena parte de América Latina. 

Que dice Alejandro :

«Soy parte de quienes piensan que utilizar a las Fuerzas Armadas en asuntos que no les corresponden, muy ajenos a los de seguridad y defensa, debilita al país por dos vías. 

Primero, afecta a la administración pública civil. La adelgaza y la lleva a perder perfiles civiles profesionales y calificados que se dedican muy bien a sus temas, pero que ahora son desplazados por personal militar.

Esto provoca una segunda situación, en que el personal militar, por falta de experiencia en el área asignada, puede cometer errores. En segunda instancia, pienso que también debilita a nuestras instituciones militares, porque las distrae de sus funciones esenciales de seguridad y defensa del país. 

Detrás de la frase hay algo incómodo para las élites: si la defensa es un asunto de Estado, entonces no puede seguir secuestrada por la casta verde olivo ni por políticos que la usan como utilería electoral.

Lo que Juárez está diciendo, en términos académicos pero con filo, es que la defensa nacional es un problema político y civil antes que un desfile de tanques y generales opinando en la mañanera. La reducción de la defensa a logística militar es una coartada histórica: sirve para que el viejo régimen presuma “pacifismo” hacia afuera mientras mantiene a las Fuerzas Armadas bajo control clientelar hacia adentro.

En lenguaje menos pulcro: se usó la narrativa de “México país de paz” como excusa para no construir una política de defensa en serio, porque eso implicaría abrir el sistema, transparentar presupuesto, revisar doctrinas y, horror de horrores, someter a los militares al escrutinio de civiles informados. Así, la defensa quedó al margen del debate público, convertida en zona de confort para generales, políticos y contratistas.

El truco del “pacifismo” y la obediencia

Juárez apunta a un pacto muy viejo: el PRI fomentó el tabú de hablar de defensa nacional para vender al exterior una imagen de país pacifista mientras mantenía a las Fuerzas Armadas disciplinadas y funcionales al régimen. El mensaje era claro: nada de pensar estratégicamente al país, lo importante era que el Ejército fuera dócil hacia dentro y decorativo hacia fuera.

Esa cultura política no se rompió con la alternancia: se maquilló. Se habla de “seguridad interior”, “combate al crimen organizado”, “Guardia” por aquí y por allá, pero la pregunta de fondo —¿qué demonios entendemos por defensa nacional en el siglo XXI?— sigue aparcada en el estacionamiento de temas incómodos. En lugar de política de defensa, tenemos administración de crisis; en lugar de estrategia, calendario electoral.

Desmilitarizar no es desarmar: es sacar la defensa del cuartel

Cuando Juárez dice que para hablar en serio de defensa hay que desmilitarizar, no está proponiendo entregar el país a la buena voluntad de los cárteles ni convertir la Secretaría de la Defensa en ONG. Desmilitarizar, en clave académica, significa romper el monopolio conceptual del uniforme sobre todo lo que huela a “seguridad” y “soberanía”.

Eso implica varias herejías:

  • Que la defensa involucra industria, ciencia, tecnología, soberanía energética y alimentaria, no sólo despliegue de tropas.
  • Que debe existir una élite civil especializada, capaz de discutir de tú a tú con los altos mandos, sin pedirles autógrafo.
  • Que las decisiones estratégicas pasan por el Congreso, por debates públicos y por documentos doctrinarios transparentes, no por memorándums opacos entre el Ejecutivo y el alto mando.

En otros términos: desmilitarizar es politizar la defensa en el sentido sano del término, devolverla al espacio de deliberación democrática que los militares y sus aliados civiles han blindado durante décadas.

La incomodidad de un militar que aprendió a leer al sistema

El valor del enfoque de Juárez está en el origen: no habla un activista antisistema sino un exintegrante de las Fuerzas Armadas que decidió tomarse en serio la teoría de la defensa y no sólo el reglamento interno. Esa doble militancia —en el cuartel y en la academia— lo coloca en un lugar particularmente incómodo para el poder: sabe cómo se habla adentro y conoce el lenguaje con el que el sistema se justifica hacia afuera.

Por eso su frase pega donde duele: si aceptar que la defensa nacional es algo más amplio que la milicia implica desmilitarizar el concepto, entonces el andamiaje simbólico que sostiene la militarización de la vida pública se queda sin coartada sofisticada. Lo que queda es lo que siempre ha sido: uso político de la institución armada, precariedad intelectual en la clase política y resistencia feroz a cualquier intento de control civil real.

Con informacion de: INFODEFENSA/

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