La muerte tiene una pésima reputación y una clientela que no deja de crecer. Por eso, cada vez que alguien promete retrasarla, aparecen científicos con preguntas legítimas, futuristas con respuestas espectaculares y vendedores dispuestos a cobrar por adelantado.
En 2000, el biólogo Steven Austad lanzó una predicción que parecía una provocación contra el calendario: «La primera persona de 150 años probablemente esté viva ahora mismo».
Austad, investigador del envejecimiento en la Universidad de Alabama en Birmingham, confía en que la ciencia encontrará nuevas maneras de prolongar nuestra existencia. Otros han llevado el optimismo bastante más lejos. El gerontólogo biomédico Aubrey de Grey sostiene que existe una probabilidad superior al 50% de que alguien que hoy tiene 40 años nunca muera de vejez.
La precisión del porcentaje impresiona. La evidencia para garantizar semejante futuro es otro asunto.
Porque una cosa es investigar cómo envejecemos y otra anunciar que la muerte está a punto de quedarse sin trabajo.
El cuerpo no caduca de golpe: acumula averías
Envejecer no consiste simplemente en sumar cumpleaños hasta que las rodillas presentan su renuncia. Es un proceso biológico en el que el daño termina acumulándose más rápido de lo que el organismo puede repararlo, explica Jaime Justice, investigadora vinculada a la Universidad de Wake Forest y directora ejecutiva de XPRIZE Healthspan.
Durante décadas, los científicos han identificado alrededor de una docena de mecanismos característicos del envejecimiento. No hay un único interruptor que alguien pueda apagar con una pastilla carísima.
Los telómeros, las estructuras que protegen los extremos de los cromosomas, se acortan con las sucesivas divisiones celulares. Cuando alcanzan una longitud crítica, la célula puede dejar de dividirse.
Las mitocondrias, responsables de producir buena parte de la energía celular, pierden eficiencia. Las proteínas pueden dañarse o plegarse incorrectamente, alteraciones relacionadas con enfermedades como el alzhéimer. Los fallos en la reparación del ADN favorecen la acumulación de mutaciones que pueden contribuir al cáncer.
También disminuye la capacidad de las células madre para mantener y reparar los tejidos.
Y después están las células senescentes: dejan de dividirse, pero permanecen metabólicamente activas. Algunas liberan sustancias que favorecen la inflamación y deterioran su entorno.
La comparación con zombis resulta tentadora, aunque no sea una definición científica: no están muertas, pero tampoco cumplen como antes su función. Algunas, además, perjudican al vecindario.
Hay ciencia prometedora. La inmortalidad sigue sin demostrarse
Comprender estos mecanismos permite intervenir sobre ellos en el laboratorio. John Newman, investigador del Instituto Buck, resume el avance: los científicos pueden identificarlos, estudiarlos y manipularlos.
Eso importa. Pero manipular un proceso en animales de laboratorio no equivale a demostrar que una persona podrá celebrar su cumpleaños número 150.
Entre las estrategias investigadas están los senolíticos, fármacos experimentales que buscan eliminar determinadas células senescentes y reducir sus efectos perjudiciales.
Otra vía es la reprogramación epigenética: modificar los mecanismos que regulan la actividad de los genes para intentar recuperar características celulares más juveniles. No se trata de convencer al cuerpo con pensamiento positivo, sino de intervenir en su funcionamiento molecular.
También se estudian medicamentos utilizados contra la diabetes, como la metformina, los inhibidores de SGLT2 y los agonistas del receptor GLP-1, por sus posibles efectos sobre procesos relacionados con el envejecimiento.
Aquí conviene ponerle freno al entusiasmo: que un medicamento esté aprobado para tratar una enfermedad no significa que esté demostrado que prolongue la vida de personas sanas. Mucho menos que sea un pase farmacológico a la eternidad.
Más años no necesariamente significan más vida saludable
Buena parte de esta investigación busca ampliar la vida saludable: conservar durante más tiempo la autonomía, la capacidad física y la función cognitiva. No es lo mismo retrasar la enfermedad que aumentar de manera extraordinaria la duración máxima de la existencia.
La diferencia parece pequeña hasta que uno imagina las dos posibilidades: llegar a los 95 con independencia o pasar décadas adicionales dependiendo de otros para cualquier actividad cotidiana.
Demostrar una extensión radical de la vida también plantea un problema bastante incómodo: hay que esperar.
El epidemiólogo S. Jay Olshansky lo expresa con una sencillez devastadora: si alguien asegura que su tratamiento permitirá vivir 50 años más, comprobarlo puede exigir esperar esos 50 años. Una eternidad para la publicidad; un requisito para la evidencia.
Además, el envejecimiento involucra múltiples sistemas. Como advierte la investigadora Coleen Murphy, resolver un deterioro no impide que aparezca otro.
Y el cerebro introduce una dificultad que no cabe despachar con la promesa de cambiar piezas. Prolongar la actividad del organismo no garantiza conservar la memoria, la identidad o la capacidad de decidir. La pregunta no es únicamente cuánto durará el cuerpo, sino en qué condiciones seguirá existiendo quien lo habita.
Una apuesta contra el calendario
Austad y Olshansky llevaron su desacuerdo al terreno de las apuestas: 150 dólares sobre la posibilidad de que alguien alcance los 150 años. Con una condición decisiva: esa persona deberá conservar sus facultades mentales.
El desenlace quedó fijado para 2150. Tal vez cobren sus descendientes, un detalle bastante elocuente en una discusión sobre longevidad.
Mientras tanto, el récord citado en esta discusión sigue siendo el de Jeanne Calment, fallecida en 1997 a los 122 años. La distancia entre ese registro y los 150 recuerda algo elemental: una predicción, por estimulante que resulte, no equivale a un resultado.
¿Para qué vivir tanto, si «vivir mata»?
La frase tiene filo, pero no resuelve el dilema. Que la vida termine no vuelve inútil prolongarla. Evitar años de dolor, dependencia o deterioro puede ser una conquista enorme.
Lo discutible es convertir la duración en la medida suprema de una existencia.
¿Queremos más tiempo para vivir o para posponer indefinidamente la pregunta de qué hacemos con él? ¿Quién tendría acceso a esos años adicionales? ¿Serían años de autonomía y vínculos, o una prolongación de la precariedad, la soledad y la obligación de seguir produciendo?
También hay una contradicción incómoda: podemos obsesionarnos con conservar el organismo mientras dejamos sin atender aquello que hace deseable habitarlo. Una sociedad podría aprender a retrasar el envejecimiento sin aprender a cuidar a sus mayores. Podría celebrar vidas más largas mientras vuelve insoportables las condiciones de vivirlas.
La ciencia puede investigar cómo concedernos más tiempo. No puede decidir por nosotros para qué lo queremos.
«Vivir mata» no tendría por qué ser una invitación a rendirse, sino una advertencia contra confundir supervivencia con plenitud. La muerte no vuelve valioso automáticamente cada minuto, pero su aplazamiento tampoco.
Antes de exigirle al cuerpo que aguante siglo y medio, quizá convenga preguntarnos qué vida estamos dispuestos a construir para que quedarse tanto tiempo no sea simplemente otra forma de condena.
Con información: ELNORTE/

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