El país no necesita otra receta de saliva. Necesita medicamentos, médicos, quirófanos y una administración que deje de confundir la conferencia de prensa con la consulta de especialidad. Pero la presidenta Claudia Sheinbaum ya prescribió el tratamiento verbal de la casa: “¡Me canso ganso!”.
Eso sí: esta vez hay que corregir el expediente. La mandataria sí reconoció al médico que patentó políticamente la cantaleta: “Como decía el presidente López Obrador”. Lo dijo durante un acto de rehabilitación de un hospital del IMSS Bienestar en Campeche, donde prometió modernizar el sistema de salud y reconoció deficiencias burocráticas, además de quejas por falta de medicamentos, médicos y equipos. El crédito al antecesor quedó asentado; lo que sigue pendiente es surtir la receta.
Porque esa es la enfermedad gubernamental: promesitis crónica, con resistencia al tratamiento de realidad y episodios recurrentes de propaganda intravenosa.
Del ganso al pato: evolución del padecimiento
López Obrador convirtió el “me canso ganso” en una especie de consentimiento informado al revés: primero anunciaba la maravilla y después el ciudadano tenía que aceptar los riesgos, las complicaciones y los resultados.
La voluntad presidencial se presentaba como principio activo. La obediencia, como dosis de mantenimiento. Y cualquier cuestionamiento podía despacharse como reacción adversa del conservadurismo.
Así se instaló la fantasía de que un sistema de salud podía curarse con una orden, como si la cadena de abasto fuera un músculo que se mueve a gritos y un quirófano pudiera habilitarse aplicándole dos ampolletas de autoridad moral.
El problema del “me canso ganso” no es zoológico. Es clínico: cuando la promesa no se cumple, el ganso desarrolla una súbita vocación de pato. Ya no garantiza resultados; chapotea entre explicaciones.
El paciente sigue esperando y desesperando
Dinamarca como alucinación terapéutica
La comparación con Dinamarca funcionó como un analgésico discursivo: no resolvía el padecimiento, pero pretendía adormecer la crítica.
En el consultorio presidencial, el diagnóstico siempre podía acomodarse al discurso. Si faltaban medicinas, sobraban explicaciones. Si el servicio no llegaba, llegaba otra promesa. Si el enfermo insistía, se le ofrecía una nueva fecha para la recuperación del sistema.
Pero la salud pública no admite esas licencias de la literatura fantástica. Un medicamento anunciado no equivale a un medicamento entregado. Una cama inaugurada no garantiza personal suficiente. Una fotografía junto a un equipo no demuestra que funcione, tenga mantenimiento o pueda utilizarse cuando se necesita.
La medicina exige resultados verificables. La propaganda se conforma con que salga bien la toma.
Modernización digital para una dolencia material
Sheinbaum plantea ahora una modernización con énfasis digital. En Campeche habló de una “transformación digital para beneficio del pueblo”, al tiempo que reconoció las quejas que recibe por carencias de medicinas, personal y equipos.
Digitalizar puede ser parte del tratamiento. Pero una pantalla no sustituye una ampolleta.
Si el problema es que el medicamento no llega, registrar electrónicamente su ausencia apenas produce un desabasto con mejor tipografía. Si no hay especialista disponible, la aplicación podrá administrar la espera, pero no operar al paciente.
El riesgo es recetar tecnología como antibiótico de amplio espectro para cualquier deficiencia administrativa: una plataforma para la burocracia, un tablero para el rezago y una contraseña para entrar al mismo laberinto.
Una revolución digital sin capacidad material de atención corre el peligro de convertirse en lo de siempre: el paciente pone el cuerpo y el gobierno pone la presentación.
Los trabajadores ya tocaron el timbre de urgencias
Las protestas del personal del IMSS no pueden reducirse a una infección provocada por los adversarios del gobierno. Hay demandas laborales y reclamos por las condiciones de operación que deben atenderse con algo más que un parte de optimismo.
Según la información publicada el 19 de octubre, los trabajadores habían rechazado una propuesta de aumento salarial de 2.9 por ciento y preparaban nuevas movilizaciones. La presidenta también fue cuestionada por protestas relacionadas con la falta de medicamentos en hospitales.
No es un detalle menor. Cuando quienes sostienen la atención salen a protestar, la respuesta no debería ser auscultarles la lealtad política, sino revisar qué está pasando en los servicios.
Médicos, enfermeras y demás trabajadores no son órganos decorativos del sistema. Son quienes tienen que enfrentar al paciente cuando la promesa oficial no aparece en el almacén.
La conferencia termina. La guardia continúa.
Zoé: permanencia estable, resultados bajo observación
En medio de este cuadro, Sheinbaum dejó claro que la permanencia de Zoé Robledo al frente del IMSS “no está en duda”, aunque también sostuvo que las demandas deben resolverse. Además, anunció que Hacienda y el director del instituto revisarían una mejor propuesta salarial.
Traducido del dialecto político al lenguaje hospitalario: el funcionario conserva la cama; el tratamiento administrativo sigue pendiente de evaluación.
Pero la estabilidad de un director no puede convertirse en el indicador principal de salud de una institución. Lo que importa es cuánto espera el paciente, qué encuentra en la farmacia, en qué condiciones trabaja el personal y quién responde cuando algo falla.
Respaldar a un funcionario es una decisión política. Exigirle cuentas debería ser una obligación administrativa. No son procedimientos incompatibles, aunque a veces el poder los trate como si provocaran una reacción alérgica.
El ausente y el expediente abierto
La crónica del acto de Campeche reportó la ausencia de Zoé Robledo. No explicó el motivo. Ese vacío permite preguntar; no autoriza a diagnosticar una ruptura política por telepatía.
La pregunta pertinente es sencilla: ¿por qué no estuvo y quién debe explicar su ausencia?
La otra es más importante: ¿qué resultados concretos respaldan su permanencia?
Porque el país no necesita que le tomen otra fotografía al termómetro. Necesita que le bajen la fiebre.
Y si la nueva receta vuelve a ser “¡me canso ganso!”, convendría advertir en letras grandes las contraindicaciones: no sustituye medicamentos, no habilita quirófanos, no contrata especialistas y no exime de rendir cuentas.
El gobierno puede seguir administrándose aplausos por vía intravenosa. El paciente, en cambio, necesita atención.
Y ya estuvo bueno de hacerse pato como bien dice CODIGO MAGENTA.
Con información: CODIGO MAGENTA/ PROCESO/ EL FINANCIERO/

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