El aún gobernador morenista, Américo Villarreal Anaya —por muy poco tiempo más—, quiere que los aspirantes de Morena en Tamaulipas compitan sin descalificarse: que exhiban trayectoria, presenten propuestas y no se despedacen por las posiciones de 2027.
El sermón tiene buenos modales; lo que le falta es distancia del poder. Porque una cosa es pedir civilidad y otra pretender que el gobernador pase por observador desinteresado de la sucesión política en su propio partido.
Antes de ponerse el silbato, tendría que aclarar dónde termina el mandatario y dónde empieza el operador político. El dedo elector no se vuelve árbitro por esconder la mano.
Muy atento, pero todavía sin enterarse
Entrevistado ayer viernes 23 de octubre, a su llegada a Palacio de Gobierno, Villarreal a quien la prensa nacional le exhibió otra componenda en camino a EE.UU, anunció que estará atento a la civilidad de los participantes.
Sin embargo, según las declaraciones reproducidas, también reconoció que no tiene conocimiento directo de los comentarios negativos que presuntamente circulan entre los interesados.
Es decir: todavía no conoce directamente los agravios, pero ya ofrece supervisar los modales. Un vigilante que inaugura la caseta antes de precisar qué está vigilando.
No identificó responsables, no expuso casos concretos ni anunció medidas específicas. Dejó, eso sí, una advertencia suficientemente amplia para que cada aspirante se acomode el saco: el gobernador estará pendiente.
La pregunta no es solamente de quién estará pendiente, sino para qué: ¿para defender una competencia abierta ? o para recordar que Palacio también vigila el reparto de posiciones, incluidas las destinadas a quienes no deberían reelegirse por ser productos políticamente tóxicos para el ejercicio de gobierno.
El dedo también debe rendir cuentas
En su condición de “dedo elector”, el cuestionamiento debe apuntar donde duele y a lo que puede verificarse: ¿qué garantías ofrece para que su poder no incline la competencia?
¿Habrá distancia efectiva entre el Gobierno y el proceso partidista? ¿Podrán los participantes cuestionar favoritismos sin que les cuelguen el letrero de divisionistas? ¿Se distinguirá entre una calumnia y una denuncia sustentada, aunque resulte incómoda para alguien cercano al poder?
Porque no basta con pedirles a los demás que guarden las formas. Quien gobierna también debe demostrar que guarda las manos.
La hipocresía aparece cuando se reclama limpieza en el lenguaje, pero se elude discutir la limpieza de la competencia. Mucha vigilancia sobre el adjetivo; demasiada discreción sobre las ventajas.
El piso está tan parejo que todos denuncian incendio
El contexto tampoco ayuda al sermón
Rómulo Pérez, presidente del Consejo Estatal de Morena y aspirante a la coordinación municipal en Ciudad Victoria, atribuyó a “fuego amigo” los cuestionamientos sobre su permanencia en el cargo. Katalyna Méndez, diputada local y aspirante a la misma coordinación, también denunció mentiras e intentos de desprestigio.
La Diputada Magaly Deandar acusa guerra sucia tras ser ligada con documentos oficiales a lugarteniente del Cartel del Golfo que abraza al gobernador.
Una fraternidad admirable: todos celebran la cancha y varios aseguran que les están prendiendo fuego a los zapatos.
Civilidad no significa cerrar la boca
Según la revisión de la convocatoria publicada por MORENA, la Base Octava prohíbe acusaciones públicas contra el partido, sus órganos y otros participantes, y contempla la cancelación del registro y dar vista a la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia. La misma publicación advierte que la prohibición no distingue expresamente entre imputaciones falsas y denuncias documentadas.

Ahí está el riesgo: que la unidad termine convertida en una orden de silencio.
Una mentira merece ser desmentida. Una denuncia fundada merece ser investigada. Meter ambas en el costal de las “descalificaciones” sería una manera muy conveniente de proteger al señalado y disciplinar al que pregunta.
Que no se insulten, de acuerdo. Que no puedan exhibir irregularidades, de ninguna manera. La civilidad no puede convertirse en desinfectante de expedientes ni en perfume para tapar favoritismos.
Menos inspector de aspirantes, más gobernante bajo escrutinio
Américo puede pedir respeto, aunque muchos de sus actos y decisiones, tanto personales como de gobierno, les falten al respeto a los ciudadanos. Lo que no puede obtener mediante un discurso es un certificado de neutralidad.
Si pretende que su llamado tenga autoridad, debe aceptar que el escrutinio también suba las escaleras de Palacio. Que alcance sus intervenciones, sus cercanías políticas y cualquier eventual uso del Gobierno para favorecer aspiraciones.
El gobernador no necesita encabezar la patrulla de buenos modales de Morena. Necesita dejar claro que el poder público no será una ventaja privada dentro del partido.
Porque el problema de una competencia no se agota en que los aspirantes se enseñen los dientes. También importa saber quién sostiene la correa.
Y cuando el gobernador se ofrece a vigilar a todos, la pregunta indispensable sigue siendo la misma: ¿quién vigila al gobernador ? acaso el «CALABAZO LLENO DE CALABAZA».
Con información: Hoytamaulipas/

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