La Diputada local de Morena, Magaly Deandar, publicó una respuesta para responder a ligas con lugarteniente del Cartel del Golfo que arranca con familiaridad de sobremesa y termina con sarcasmo de mostrador. Entre los “queridos sobrinos y sobrinas” y la ocurrencia de pedir actas constitutivas para comprar una aspirina, la diputada desplaza la discusión: de una comprobación de gastos cuestionada a lo absurdo que, según su planteamiento, sería conocer a los propietarios de cualquier negocio. El expediente queda detrás del chiste.
Su publicación busca demostrar que no conoce a Mario Guitián Rosas, señalado como lugarteniente del Cártel del Golfo, a quien el gobernador Américo Villarreal sí conoce y con quien incluso compartio la mesa.
Magaly Deandar deja a la vista una estrategia discursiva que merece desmenuzarse: anticipa persecución, reduce el asunto a una compra cotidiana, invoca desconocimiento y remata con una burla.
“Queridos sobrinos y sobrinas”
La diputada abre con un diminutivo político sin diminutivo gramatical: “Queridos sobrinos y sobrinas”. El recurso podrá funcionar como marca personal, pero aquí resulta particularmente desafortunado.

Ante preguntas sobre sus gastos, la ciudadanía no necesita una tía explicándole las travesuras de sus adversarios; necesita una representante que responda sin repartir parentescos imaginarios.
El tono familiar no sustituye la precisión. Y cuando la explicación termina en sorna, aquel saludo empieza a parecer menos una cortesía que una manera de colocar al público en la mesa de los pequeños.
“Se dirá de todo y habrá de todo con tal de querer ensuciarme”
Antes de explicar el gasto, Magaly adjudica una intención a quienes la cuestionan: quieren ensuciarla. Así, la discusión comienza con los papeles invertidos. La representante que aspira gobernar Reynosa y debe explicar con sobriedad se presenta como agraviada; quienes preguntan quedan bajo la sospecha de actuar de mala fe.
No, diputada: publicar un cuestionamiento no equivale por sí mismo a fabricar una calumnia. Si hay falsedades, identifíquelas. Si hay documentos mal interpretados, corríjalos. Porque ademas el gasto que usted llama «sus gastos», lo pagaron otros contribuyentes.
La frase “quieren ensuciarme” puede describir una percepción personal; no constituye una refutación.
“Ni yo ni nadie que acude a un taller mecánico, restaurante, farmacia…”
El propósito tiene una función evidente: convertir el caso cuestionado en la experiencia universal de cualquier persona que entra a comprar algo. Todos hemos contratado servicios sin investigar una sociedad mercantil; por tanto, sugiere la diputada, su situación no tendría nada de particular.
Pero la comparación evita el centro de la controversia. La pregunta no es si cada ciudadano debe investigar al dueño de una farmacia antes de comprar una caja de pastillas. La pregunta es porque escogió este proveedor que tambien escogió el INE donde su presidenta es acusada de transa.
Nadie necesita levantar un censo de accionistas para cambiar una llanta. Tampoco hace falta recorrer todas las farmacias de México para explicar un solo comprobante.
“No es un tema que acostumbro preguntar antes de entrar a una tienda”
Sus hábitos de compra no responden las preguntas sobre este expediente. Que no acostumbre preguntar por los propietarios de una tienda puede explicar su conducta general; no acredita qué sabía o ignoraba en el caso concreto.
La costumbre es una anécdota. El conocimiento es una cuestión de prueba. Confundirlos favorece una defensa cómoda: hablar de lo que uno suele hacer para no precisar lo que hizo esta vez.
“Según entiendo, se trató de una reparación por un monto menor”
“Según entiendo”: una fórmula de distancia para referirse al gasto que ella misma sale a defender. “Monto menor”: una fórmula de reducción para presentar la cuantía como si resolviera las demás preguntas.
Si conoce la operación, que la describa. Si no la conoce suficientemente, que reúna los documentos antes de convertir la explicación en una función de sarcasmo.
Además, el tamaño del importe no explica quién contrató, quién cobró ni por qué aparece determinado proveedor. Una cantidad puede ser pequeña y la explicación seguir siendo insuficiente. El adjetivo “menor” no expide certificados de claridad.
“Desconozco si las personas mencionadas […] son realmente propietarias”
Ese desconocimiento se presume más falso que verdadero cuando se trata de un sujeto que ha hecho de la movilización de estructuras electorales una garantía de impunidad; así lo dijo un empresario extorsionado antes de morir por atreverse a pronunciar el nombre, apellidos y apodo de La Chispa en voz alta.
No es lo mismo decir “no lo sé” que demostrar “eso es falso”.
“También desconozco su situación legal, sus antecedentes o si están sujetos a alguna investigación”
No conocer los antecedentes del proveedor y explicar correctamente el gasto son cuestiones distintas. La primera no vuelve innecesaria la segunda.
“Yo solo sustento mis gastos”
El “solo” intenta cerrar la discusión con la apariencia de un trámite rutinario. Pero sustentar un gasto significa precisamente poder explicar su origen, su concepto y su comprobación; no invocar el comprobante como amuleto para ahuyentar preguntas.
La factura no necesita un discurso indignado que la escolte: necesita correspondencia con lo que efectivamente ocurrió.
“Pagar por un servicio […] no me convierte en socia de nadie”
En sentido estricto, comprar un servicio no convierte a un cliente en accionista del negocio. Pero esa obviedad responde a una pregunta distinta de las que plantea la controversia.
La cuestión no queda agotada al negar una sociedad mercantil. Falta explicar la relación comercial concreta, la selección del proveedor y la comprobación cuestionada.
Es una salida retórica bien conocida: escoger la imputación más fácil de rechazar y presentar su rechazo como si hubiera despejado todo el expediente. Nadie necesita demostrar que recibió acciones para preguntarle por un pago.
Actas constitutivas para los tacos y antecedentes penales para la aspirina
El remate del comunicado pide que todos los negocios de Reynosa, Tamaulipas y México exhiban su acta constitutiva y una carta de no antecedentes penales expedida en los últimos quince días. Así, escribe, cada quien podrá decidir si entra a “comer unos tacos, cambiar una llanta o comprar una aspirina”.
Es aquí donde la explicación abandona el terreno documental y se entrega a la caricatura. Ante un cuestionamiento particular, propone una exigencia universal y disparatada; después se burla de esa exigencia que ella misma acaba de inventar.
No, diputada gracíosa: nadie necesita convertir la taquería en archivo notarial (…aunque no sería mala idea) para que usted aclare su caso. No se está discutiendo el menú del puesto de la esquina, sino una operación específica que mereció un comunicado suyo.
El sarcasmo busca que parezca ridículo preguntar. Pero lo ridículo es pretender que una aspirina o los tacos respondan por un proveedor.
“Espero que así sea, para que no haya confusiones”
El cierre pide que no haya confusiones después de mezclar clientes particulares, comprobación de gastos, propietarios de negocios, antecedentes penales y compras de medicamentos.
La confusión no se combate ampliando el escenario hasta que el expediente desaparezca entre tacos y llantas. Se combate delimitando hechos: esto ocurrió, esto autoricé, este documento lo respalda, esta afirmación es falsa y por esta razón.
Lo demás podrá servir para cosechar simpatías entre convencidos. Para esclarecer, alcanza bastante menos.
El retrato, sin estridencias
La conducta de la legisladora se puede prejuzgar en la calidad de su respuesta: abundante en familiaridad, pródiga en sarcasmo y escasa en las precisiones necesarias para resolver la controversia.
En la escena que ella misma construye, aparece como una virtuosa de la evasiva: afectuosa al repartir sobrinos, distante al precisar el gasto y diligente al ridiculizar las preguntas.
No hace falta denostarla con vocabulario de arrabal. Basta describir el personaje que interpreta en su comunicado:administradora del desdén, cortesana de su propia inocencia y prestidigitadora de una explicación que termina por desaparecer.
Porque la rendición de cuentas no consiste en tratar al ciudadano como sobrino hasta que deje de preguntar. Y la suficiencia con que se desdeña una duda jamás sustituye la solvencia necesaria para despejarla.
Aunque, si observamos la realidad circundante, hubiese sido mejor aplicar la sabiduría popular y encontrar consuelo en el mal de muchos.
Con información: Magaly Deandar/redes

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