En Matamoros, Tamaulipas, una mujer tuvo que resolver al volante lo que las autoridades deberían garantizar sin excusas: poder circular sin que un hombre armado pretendiera convertir su automóvil en parte de un bloqueo. «Atraviésame el carro, rapidito, rapidito», le ordenó el sujeto. Ella respondió: «Ay no, agarra otro», y escapó por una calle contigua.
La escena tiene una respuesta de antología, pero un fondo que no da ninguna gracia: un delincuente dando instrucciones en plena calle y una ciudadana obligada a improvisar su propia salida.
Según el relato de El Universal, la conductora sorteó un camión que obstruía el paso y después se negó a entregar su unidad al hombre armado. En ese episodio, la salida no se la abrió un operativo: la encontró ella.
En redes la calificaron de valiente. Y sí, logró salir de una situación de riesgo. Pero convertir su reacción en una postal de heroísmo también puede servir para maquillar lo intolerable: nadie debería necesitar semejante sangre fría para conservar su coche y seguir su camino.
La seguridad pública no puede depender de que la víctima tenga reflejos, encuentre una calle libre y consiga escapar. Qué cómodo celebrar el arrojo ciudadano cuando la pregunta incómoda es otra: ¿por qué tuvo que jugársela sola?
El «ay no, agarra otro» se llevó la atención; el fracaso que retrata bajo el gobierno de Morena y Américo Villarreal merece quedarse bajo la lupa.
Porque una cosa es que ella haya conseguido escapar y otra, muy distinta, que el Estado haya cumplido con protegerla. Confundir ambas sería regalarle al gobierno una medalla que, en esta historia, no se ganó.
Con información: ELUNIVERSAL/

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