La inauguración del Mundial 2026 no solo pateó un balón y le dio a Mexico el triunfo en el partido inaugural: también le puso zoom a la vieja postal de México partido en dos. Dentro del Estadio Azteca, el espectáculo no era solo futbolístico, sino social: palcos llenos de políticos reciclados, empresarios multimillonarios y aspirantes a influencer con cargo público.
Porque no, no era cualquier partido. Era el Mundial… pero versión “si no te alcanza, lo ves por pantalla gigante”. Los boletos más baratos rondaban los 15 mil pesos, básicamente el salario mensual de millones.
Los “preferentes” subían hasta los 100 mil, y en la reventa ya entrábamos en terreno de narcoficción: boletos de un millón y hasta cuatro millones para la final. El futbol como deporte de masas… siempre y cuando tengas una masa de dinero.
En los palcos, desfile de fauna política. Ricardo Salinas Pliego llegó como si fuera alfombra roja, con familia incluida y frase épica (“mi cita con México”), solo para encontrarse con una recepción menos romántica: abucheos virales. Alfredo del Mazo optó por la vieja confiable: hacerse el turista y fingir que la política no existe. Mientras tanto, Alito Moreno, Xóchitl Gálvez, Taboada y compañía aprovecharon el evento como si fuera networking con balón de fondo.
Samuel García, fiel a su estilo, convirtió el estadio en set de contenido: fotos con Infantino, con Figo, con quien se dejara. Porque si no lo subes, ¿realmente fuiste al Mundial?
La escena dentro del Azteca parecía más una cumbre de poder que una fiesta deportiva: empresarios, políticos, diplomáticos… todos celebrando el inicio del torneo más caro de ver en la historia reciente del país. Una especie de club privado con cancha incluida.
Eso sí, ni siquiera Morena resistió del todo la tentación del palco. Santiago Nieto apareció en el estadio, recordando que la coherencia política también tiene sus excepciones… especialmente cuando hay Mundial.
En el Congreso, la cosa tampoco fue muy épica: pantallas, fan fest improvisados y políticos viendo el partido como si fuera junta de trabajo con goles de fondo.
México ganó 2-0. Fiesta nacional, sí. Pero también recordatorio incómodo: el país puede celebrar el mismo gol, aunque cada quien lo vea desde un México distinto. Uno con champagne en palco; otro con bocina prestada en la explanada.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ELIA CASTILLO





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