En el kilómetro 19 de la carretera Nuevo Laredo–Piedras Negras, donde el Estado presume “presencia territorial” con soldados fracasando transexenalmente haciendole al «polecia», lo que apareció —según una denuncia formal ante la FGR— fue otra cosa: un convoy militar convertido, presuntamente, en escuadrón de cacería.
La víctima: una adolescente estadounidense de 16 años. El señalamiento: violación tumultuaria, golpes, robo y amenazas. Los acusados: al menos diez elementos del Ejército Mexicano. Sí, esos mismos que en el discurso oficial “protegen a la ciudadanía”,pero que en los hechos roban, matan,violan y extorsionan impunemente.
De acuerdo con la carpeta FED/TAMP/NVO.LAR/0000860/2026, la menor caminaba con una amiga cerca del rancho “El Coral” cuando vio aproximarse dos camionetas y un vehículo blindado. Huyeron. Solo una logró escapar.
“Me alcanzaron a mí”, declaró.
Lo que sigue ya no es operativo, es brutalidad: persecución entre el monte, sometimiento, golpes, despojo de su celular y 150 pesos, y luego la acusación más grave —agresión sexual múltiple— acompañada del clásico manual de impunidad: amenazas para callar.
El detalle casi grotesco en medio del horror: un nombre visible en uniforme, “Cabo Juan”. Porque ni siquiera la presunta comisión de un delito de esta magnitud obliga a todos a borrar huellas.
La denuncia no llegó sola. Llegó escoltada por el Consulado de Estados Unidos en Nuevo Laredo, que tuvo que intervenir para garantizar algo que en teoría debería ser automático: acceso a la justicia. La madre lo dijo sin rodeos: sin apoyo consular, probablemente no habría denuncia.
Traducción: en territorio mexicano, la rendición de cuentas depende de quién respalde a la víctima.
La menor logró salir del monte y alcanzar la carretera, donde un automovilista la auxilió. Es decir, sobrevivió no por el Estado, sino a pesar de él.
Hasta ahora, silencio institucional. Ni la Secretaría de la Defensa Nacional ni la FGR han informado de detenidos, sanciones o siquiera avances. La maquinaria oficial, tan veloz para emitir comunicados triunfalistas, aquí aplica su protocolo favorito: desaparecer en cámara lenta.
Y mientras tanto, la pregunta incómoda sigue intacta: ¿cuántos casos más necesitan acompañamiento extranjero para que el sistema mexicano reaccione?
Porque cuando la justicia depende del pasaporte de la víctima, ya no hablamos de fallas. Hablamos de un patrón.
Con información: ELNORTE/

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