Cuando el Presidente de EE.UU, Donald Trump, amenaza con mandar “fuerza terrestre” si México “no hace su trabajo”, Sheinbaum respondio ayer con un “nosotros estamos actuando” y SI,si esta actuando. No como jefa de un operativo cruelmente eficaz, sino como protagonista de una puesta en escena donde el Estado interpreta a un Estado que funciona.
Actúa frente a Trump, actúa frente a la ONU, actúa frente a las cámaras, actúa frente a las familias,actua payasadas que se le ocurren cuando algo ocurre, siempre buscando el mejor ángulo de luz, nunca el peor ángulo de la verdad. El teatro puede estar lleno o medio vacío, pero la función sigue, porque la consigna no es arreglar el país, sino sostener el personaje que esta actuando como Presidenta,pero es la encargada del despacho de la presidencia.
Sí está actuando… porque esto es teatro.
Escena 1: Palacio Nacional, teatro de la soberanía
El telón mañanero se abre y vemos un escenario perfectamente iluminado: banderas, sellos oficiales, militares de utilería y el atril con escudo nacional al centro. La presidenta entra en escena, se acomoda el micrófono como quien toma la espada del protagonista y suelta su línea estrella: “nosotros estamos actuando”.
No es una conferencia, es una función diaria. El público de galería aplaude, la claque paga corea, y aunque afuera se escucha el ruido lejano de balaceras y sirenas, el diseño sonoro del teatro sube la música patriótica para tapar cualquier disonancia. La realidad no se cancela: se amortigua con reflectores.
Escena 2: El guion de las cifras
En bambalinas, un coro de asesores revisa el libreto de las estadísticas. Aquí nadie improvisa datos: cada porcentaje entra a cuadro como personaje secundario con misión específica. Cuando la barbarie crece, el guion ordena cambiar de plano: en lugar de mostrar el país entero, se recorta un pedacito del tiempo donde la curva parece bajar.No importa que el momento sangriento sea pose,lejos de convertirse en actitud,se festeja ,se celebra y luego lo defiende la jauría de prepago en redes.
Las cifras de homicidios tan solo basta con analizarlas con seriedad para advertir que no son números, son actores de reparto disfrazados de “logro histórico”. Las desapariciones no son tragedias, son “inconsistencias metodológicas” que se reescriben a puerta cerrada para que la obra no cambie de género y siga vendiéndose como drama controlable, no como horror sin director.
Escena 3: Trump, villano invitado
De pronto, aparece el antagonista perfecto: Trump, el extranjero ruidoso que amenaza con intervenir si México “no hace su trabajo”. No hay mejor recurso dramático que un villano externo para consolidar la narrativa de la heroína. El guion se ajusta: se subraya “soberanía”, se recalca “no aceptamos amenazas” y se inserta, en letras negritas, el parlamento central: “sí estamos actuando”.
En esta escena, la seguridad no es una política, es un monólogo. La pregunta de fondo —¿qué pasa realmente en las calles?— se sustituye por un duelo de diálogos. Lo que importa no es quién controla el territorio, sino quién controla la frase más contundente para el titular de mañana.
Escena 4: Extradiciones, utilería selectiva
En el segundo acto, el tratado de extradición baja del telar como un gran pergamino solemne. A veces se usa como estandarte de cooperación internacional, a veces como cortina que se cierra de golpe. Si el personaje acusado es prescindible, el guion permite ofrecerlo a otro escenario (Argentina, Estados Unidos, da igual). Si el acusado es un gobernador útil al partido, el texto cambia de golpe: ahora hay dudas, matices, tecnicismos, “falta de elementos, falta de pruebas”.
La ley, en esta obra, no es protagonista ni mucho menos juez: es utilería. Se coloca al fondo cuando estorba la trama política y se trae al frente cuando sirve para golpear a un adversario. Todo según marca el libreto del día.
Escena 5: La desaparición como truco de magia
En otro rincón del escenario, una mesa de mago. El truco favorito del montaje: hacer desaparecer a los desaparecidos… en el papel. No se trata de volver a la gente, sino de desaparecer la categoría. Se cambia la definición, se “depuran” registros, se reclasifican casos.
El público que mira desde la distancia ve números que bajan; las familias en primera fila saben que el truco solo funciona en la hoja. Pero el teatro no está pensado para ellas, sino para la cámara. La obra se llama “estamos actuando”, no “estamos encontrando”.
Escena 6: Pleito con la ONU, ruptura de la cuarta pared
Cuando entra la ONU a escena a cuestionar el montaje, la obra rompe la cuarta pared. La presidenta ya no habla solo al público interno, sino también al crítico internacional que se atreve a decir que el libreto huele a evasión. La respuesta: más soberanía, más indignación, más “nadie nos va a decir qué hacer” porque estamos «actuando».
El truco es viejo: si alguien cuestiona la obra, se le acusa de no entender “el contexto nacional”, como si la sangre fuera un fenómeno cultural y no una evidencia. Así, el elenco se protege entre sí: cualquier crítica al contenido se convierte en ataque al teatro mismo.
Escena 7: Glorificar la derrota como final feliz
En el clímax, el país sigue con territorios capturados, economías regionales sometidas a la extorsion y víctimas rebasando cualquier capacidad de duelo, pero el narrador asegura que vamos “mejor que nunca” porque el gráfico se ve menos espantoso que el del sexenio anterior que nos instalo en el puesto. Si antes mataban cada 15 minutos, ahora cada 21.
La derrota se reescribe como final feliz a base de comparación selectiva con tan solo verse al espejo.
No se derrota al crimen, se derrota a la estadística incómoda. No se colapsan las estructuras de complicidad, se colapsan renglones del padrón de desaparecidos. La obra no termina con justicia, termina con una ovación medida por encuestas.
No queda la menor duda; «SI ESTA ACTUANDO»
Con informacion: ELUNIVERSAL/

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