Hace casi un año, la narrativa oficial era clara, contundente y, sobre todo, conveniente: el doble asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz estaba prácticamente “esclarecido”. Traducción institucional: ya teníamos detenidos, ya había historia, ya podían bajarle al tema.
Hoy, esa versión se desmorona con una frase que lo dice todo sin querer decir nada: no se conoce el móvil ni la autoría intelectual.
Es decir, no se sabe quién ordenó matar a dos funcionarios públicos en plena Calzada de Tlalpan,tal y como lo habímos presumido desde agosto de 2025.
Pero tranquilos, hay 18 detenidos.
Mucho detenido, poca verdad
Pablo Vazquez,Secretario de Seguridad de CDMX y la notoria ausencia de Omar Garcia Harfuch ,quien solo pareció para la primera foto, presume números como si fueran goles: 18 personas tras las rejas, 10 vinculadas a proceso, otras ocho “relacionadas”. Una coreografía judicial que suena impresionante hasta que uno recuerda lo básico:
Nadie puede explicar quién dio la orden.
Porque detener operadores es relativamente sencillo en comparación con tocar intereses. Lo difícil —lo realmente peligroso— es subir en la cadena de mando. Y ahí, casualmente, todo se vuelve nebuloso, “complejo”, “en investigación”.
La propia autoridad lo admite con un malabarismo semántico digno de tesis burocrática:
No descartan que los criminales sean autores intelectuales… pero tampoco descartan que solo hayan sido subcontratados.
O sea: no descartan nada porque no tienen nada.
El crimen que sí fue profesional
Eso sí, para justificar la falta de respuestas, nos venden la sofisticación: 20 días de planeación, vigilancia de rutas, reuniones en el Estado de México, uso de múltiples líneas telefónicas.
Un operativo con inversión “importante” de recursos humanos y económicos.
Traducción: esto no fue un arranque, fue un encargo.
Y si fue un encargo, alguien pagó.
Y si alguien pagó, alguien con poder decidió eliminar a dos funcionarios.
Pero ese alguien sigue fuera del radar… o fuera del discurso.
El muerto que ya no estorba
Como en todo expediente incómodo en México, aparece el elemento clásico: el sospechoso que ya no puede declarar.
Uno de los presuntos autores materiales fue ejecutado antes de ser detenido. Casualidad o control de daños, según el cristal con que se mire.
Lo más revelador no es su muerte, sino el motivo que deslizan las autoridades: pudo haber sido eliminado por errores operativos o porque “facilitó” la captura de otros.
En otras palabras: lo callaron.
Y con él, probablemente, una parte clave de la historia.
El silencio como política pública
La Jefa de Gobierno lo deja claro: la investigación seguirá en sigilo. No se dirá el nombre del grupo criminal. No se darán detalles que “entorpezcan” el proceso.
El sigilo, en estos casos, no solo protege la investigación: también administra el daño político.
Porque reconocer que no se sabe quién ordenó el asesinato de funcionarios en la capital del país no es un detalle técnico; es una grieta en el discurso de control.
Lo que realmente nos están diciendo
Sin decirlo abiertamente, el mensaje es brutal:
- El crimen organizado puede ejecutar operaciones complejas en la CDMX.
- Puede reclutar células locales con logística suficiente para un ataque directo.
- Puede eliminar a sus propios integrantes antes de que hablen.
- Y, sobre todo, puede mantener en la sombra a quien da las órdenes.
Mientras tanto, la autoridad ofrece lo que sí tiene: detenidos, procesos, cifras… pero no verdad.
Porque en este caso, como en muchos otros, el expediente avanza hacia abajo —contra los ejecutores— pero se congela hacia arriba —donde empiezan los nombres incómodos.
Y así, lo que se presumió como un caso resuelto “de diente pa’ fuera”, hoy queda reducido a lo que realmente es:
Un crimen políticamente administrado, judicialmente fragmentado y, en lo esencial, todavía impune.
Con informacion: ELNORTE/

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