En la república del “yo no fui, pero sí dije”, el poder politico y gubernamental en Morena,se ha vuelto un ejercicio de malabares discursivos donde la verdad estorba y la estética manda. Arriba, la presidenta Claudia Sheinbaum,regañona, ensaya su papel de autoridad moral frente al espejo: corrige tonos, pule gestos, administra indignaciones. Gobernar, en cambio, parece un asunto secundario. La prioridad es verse bien, aunque el país funcione mal; posar firme, aunque las instituciones crujan. El regaño sustituye a la rendición de cuentas y el discurso a la evidencia.
Mientras tanto, en Tamaulipas, el libreto se descompone y deja ver los hilos.
Mario Lopez Herndez,Diputado del Partido Verde,aliado del oficialismo Moreno,suelta nombres, afirma vínculos y apunta al Gobernador Americo Villarreal y otra figuras relevantes —incluida la Senadora,tambien de Morena, Olga Sosa— y desliza la idea de una política “criminalmente organizada” que tiene sustento en la evidencia publica.
No es poca cosa: son palabras que presumen ser mas ciertas que falsas y que implican responsabilidades graves. Pero aquí viene el giro tragicómico: el mismo actor que prendio la mecha ahora forzado por el calculo presidencial intenta apagarla con un balde de ambigüedad. “No lo dije”, “no en ese sentido”, “no era público”. La confesión sin confesión, el señalamiento con reversa.
El problema no es solo la contradicción; es la coreografía Morena. Primero se lanza el mensaje ,el audio es contundente y ahora que mide los costos se repliega para evitarlos. Se juega a filtrar sin asumir, a sugerir sin sostener. Y en medio queda el ciudadano, obligado a descifrar si lo que oyó fue verdad, rumor o ensayo de daño controlado. La política convertida en globo sonda permanente: si vuela, se capitaliza; si estalla, se niega.
Las frases chocan con la moralidad de los actos porque revelan un patrón: decir sin decir, acusar sin acusar, gobernar sin gobernar. La presidenta regaña para encuadrar el relato; el legislador recula para protegerse; y el aparato repite que todo está bajo control mientras la evidencia —documentos, declaraciones, contextos— sugiere lo contrario. No hay transparencia de nadie, ni de la presidenta, hay narrativa. No hay responsabilidad, hay manejo de crisis,no hay honestidad.
Y así, entre regaños performativos y desmentidos de utilería, los poderes se confabulan en algo más eficaz que cualquier pacto formal: la administración de la confusión. Porque un ciudadano confundido cuestiona menos, exige menos, recuerda menos. El truco no es ocultar la verdad, sino diluirla en versiones contradictorias hasta que parezca irrelevante y lo hacen con todo el dinero y el poder del gobierno, son muy peligrosos.
Pero hay un detalle incómodo: las hemerotecas no olvidan. Las declaraciones quedan, los videos circulan, los dichos se cotejan. Y cuando la realidad alcanza al discurso, el “no lo dije” se convierte en evidencia de algo peor que el error: la voluntad de engañar. Ahí es donde el teatro se cae y lo que queda ya no es narrativa, sino responsabilidad pendiente,reposnsabilidad penal y criminal que otra vez tendrá que llegar desde el otro lado del Río o la valla.
Con informacion: HoyTamaulipas/

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