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jueves, 14 de mayo de 2026

DE «PLANO,NO SOMOS NADA»: «MUERE MAGISTRADA ATACADA por ENJAMBRE de ABEJAS en ZACATECAS»…un recordatorio de que la fragilidad humana no distingue cargos ni méritos.


Hay muertes que parecen escritas por un guionista cínico, de esos que disfrutan recordarnos que el universo no conspira moralmente,no tiene ética, ni sentido del humor , ni respeto por las trayectorias humanas. La muerte de una magistrada del poder judicial en Zacatecas, no por el crimen organizado que asfixia al estado gobernado por Morena, no por las amenazas que suelen acompañar la toga en México, sino por un enjambre de abejas, entra en esa categoría incómoda donde la realidad deja de parecer lógica.

Porque en este país —y en este mundo— uno esperaría cierta coherencia narrativa: que los riesgos vengan de donde siempre vienen. Que el peligro tenga rostro, expediente, carpeta de investigación. Pero no. A veces el final llega zumbando.

Que dice El Pais

De acuerdo con la información publicada por el diario español,la magistrada murió a consecuencia de las picaduras de un enjambre de abejas después de nueve días en el hospital y fue dado a conocer ayer miércoles. 

Oyuki Ramírez Burciaga, de 45 años, murio el martes al deteriorarse su estado de salud. Tuvo que se intubada en el hospital. El ataque de las abejas tuvo lugar el pasado 3 de mayo durante un torneo en una unidad deportiva ubicada en el municipio de Guadalupe, al sureste del Estado, y dejó otras cinco personas con lesiones.

De acuerdo con algunos testigos, Ramírez se quitó un suéter para cubrir a su hijo, de tres años, quedándose únicamente con una camiseta deportiva de tirantes y quedando expuesta a las picaduras de las abejas. 

El padre de la jueza, que también se encontraba en el lugar, resultó herido en el ataque y permaneció un día hospitalizado, según reportes de medios locales. 

En un video que circula sobre el hecho, se ve a Ramírez caminar desesperada en busca de ayuda, cubierta por el enjambre y con varios puntos negros en su piel. Cerca de ella, un hombre tapado hasta la cabeza con una sudadera azul camina en círculos con la cabeza baja para protegerse de los pinchazos.

Y entonces la frase incómoda se instala: no somos nada.

No lo somos frente a la violencia estructural que se normaliza todos los días, pero tampoco frente a lo absurdo, lo biológico, lo imprevisible. Suelen morir los buenos con su bondad intacta, sin haber tenido tiempo de corromperse o de adaptarse al cinismo que parece requisito de supervivencia. Y sobreviven —con notable eficiencia— quienes han hecho de la trampa, la violencia o la impunidad una forma de vida.

No hay justicia poética. No hay equilibrio cósmico. No hay un sistema moral invisible que premie o castigue.

Y sin embargo, la ironía es brutal: una magistrada, una operadora del aparato formal de justicia, termina siendo víctima de algo completamente ajeno a ese orden que representaba. Ni sentencia, ni amparo, ni debido proceso contra un enjambre.

Esto no es una metáfora conveniente. Es peor: es un recordatorio.

Recordatorio de que la fragilidad humana no distingue cargos ni méritos. De que el control es una ilusión útil, pero ilusión al fin. Y de que la vida, en su versión más honesta, no está obligada a tener sentido.

Quizá lo único que queda —y esto incomoda más que consuela— es lo que cada quien hace mientras está aquí. Porque el final, como ya vimos, no responde a méritos, ni a ética, ni a narrativa.

El final caprichoso llega cuando quiere. Y a veces, llega zumbando.

Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ PAULINA FLORES/

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