La Fiscal de la Republica (FGR), Ernestina Godoy, amaneció en El Universal con tono de editorialista de domingo: solemne, adusta y con ese barniz institucional que pretende convertir cada “parte de guerra” en un documento moral. Celebra la operación que culminó con la muerte de Nemesio Oseguera, alias el Mencho, como si el Estado mexicano hubiera abatido a la hidra entera del Cártel Jalisco Nueva Generación. Hasta parece que olvidó un pequeño detalle: los cárteles no se desintegran con balas, sino que mutan, se descentralizan y encuentran nuevos jefes más jóvenes y menos rastreable.
Pero la columna no busca discutir la eficacia real del Estado frente al crimen organizado. Busca otra cosa: controlar la narrativa. Ese es el punto. Lo que incomoda a la Fiscal no es la sangre, sino el ruido digital. Las redes sociales —dice— “instalaron la percepción de ingobernabilidad”. Traducido al castellano: internet le arruinó el guion. Porque si el operativo fue tan “ejemplar” como afirma, ¿por qué necesitó reprimir la conversación pública acusándola de “avalancha de desinformación”?
El texto entero está construido como un sermón preventivo: los ciudadanos somos demasiado impulsivos, los algoritmos nos manipulan, y “la era de la posverdad” nos impide distinguir lo real de lo falso. Entonces, sugiere la Fiscal, no basta con que el Estado actúe: también debe enseñarnos a creer correctamente. Un paternalismo digital con uniforme militar.

Y ahí está la grieta más visible: el discurso pretende blindar al gobierno frente a la crítica ciudadana, bajo la excusa de combatir la manipulación informativa. Se apropia de Hannah Arendt —mención de rigor para sonar profunda— pero omite que la filósofa alemana escribió precisamente sobre los peligros del poder cuando miente con autoridad moral. Hablar de “posverdad” desde una oficina que jamás pudo transparentar los expedientes de Ayotzinapa, Pegasus o la corrupción en Segalmex es un acto de posvergüenza.
La narrativa oficial establece un falso dilema: o estás del lado del gobierno y sus “hechos verificables”, o formas parte del caos digital orquestado por “cuentas que promueven la ingobernabilidad”. No hay espacio para la crítica legítima, ni para reconocer que la violencia estructural sigue intacta aunque se haya derrumbado un muñeco de cartón llamado “Mencho”.
El mensaje implícito de la colaboración es simple: desconfía de las redes, pero confía ciegamente en nosotros. Lo paradójico es que mientras la Fiscal predica “responsabilidad compartida”, el gobierno centraliza la información, controla accesos y castiga la filtración de datos públicos bajo el disfraz de “seguridad nacional”. Así no se construye confianza: se fabrica obediencia.
Porque si algo quedó claro el domingo del operativo no fue la fortaleza del Estado, sino su necesidad de ser creído. Y eso, en política, es el síntoma clásico del que intenta administrar el relato cuando los resultados son insuficientes.
Con información: ELUNIVERSAL+/ERNESTINA GODOY/

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