Para la academia es “crimen”, para el púlpito es “pecado” y para el narco es “negocio”. El problema es que, para los soldados rasos de ese negocio, la vida es desechable y la muerte, literalmente, un descanso. Eso lo documentó una investigadora que se sentó cuatro meses a escuchar a 33 ex narcos mexicanos contar su biografía desde la infancia hasta su último ejecutado, y todos orbitan el mismo eje: pobreza, machismo, violencia y adicción, una licuadora social que produce tipos para quienes el ataúd no es tragedia sino salida de emergencia.
En ese ecosistema, la noticia de que Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, murió tras un operativo militar en Jalisco, herido en enfrentamiento y sospechosamente muerto en el traslado hacia la capital, no cierra un ciclo, solo confirma la tesis: hasta los capos más temidos terminan como lo que siempre fueron en su propia lógica íntima, un cuerpo más camino al descanso.
La vida desechable como política de Estado no escrita
Los 33 ex narcos entrevistados no se ven como monstruos ni como víctimas: se asumen como agentes libres que eligieron entrar a una industria ilegal, pero también como personas “desechables”. Esa palabra es dinamita política: desechables en barrios donde la economía informal les alcanzaba para sobrevivir, pero ellos querían “más”. No entran al narco “porque no había de otra”, como repiten los spots oficiales; entran porque, si la vida ya vale poco, apostarla por más dinero, más poder, más adrenalina, tiene sentido macabro. Si de todos modos sientes que la muerte te viene persiguiendo desde la cuna, ¿qué más da si la aceleras metiéndote de lleno a un negocio donde la expectativa de vida se mide en ráfagas?.
Esa es la paradoja que el discurso de la “guerra contra el narcotráfico” nunca admite: el Estado presume que la amenaza de la cárcel o la tumba disuade, pero enfrente tiene a gente que ya normalizó la cárcel y que considera la tumba un alivio logístico, un apagón de la tortura diaria.
Cuando el enemigo te dice en voz alta “yo ya vengo muerto de antes”, desplegar más soldados y más drones es como amenazar a un suicida con aventarlo del puente.
La muerte del “Mencho”: premio, castigo o trámite
La narrativa oficial vende la muerte del líder del CJNG como triunfo épico: el criminal más buscado, abatido tras un operativo en Jalisco, un traslado aéreo interrumpido por sus heridas, el parte militar con el clásico lenguaje de “repelimos la agresión”. La maquinaria propagandística se encarga del resto: montajes, conferencias, mapas con flechitas que prometen el desmantelamiento del cártel, mientras los halcones prenden vehículos y levantan bloqueos en Jalisco y otros estados para recordar quién sigue mandando en el territorio.
Pero la pregunta incómoda es otra: en la lógica subjetiva de un capo como el “Mencho”, ¿qué fue esa muerte? ¿Derrota, alivio o simple actualización de estado civil?
El estudio de los ex narcos muestra un patrón: muchos de ellos no se visualizan en la vejez, no se imaginan ancianos; viven acelerados hacia un final que dan por hecho desde el inicio. En esa cultura, el que muere “en la raya” no cae, se consuma. La única tragedia real sería sobrevivir demasiado y terminar inválido, pobre y olvidado.
La guerra oficial vende como castigo lo que, para muchos de estos hombres, es liberación: dejar de estar en la mira de rivales, jefes, soldados, marinos, gringos, prensa, sicarios novatos y fantasmas del pasado. Si morir es alivio, entonces el Estado presume como victoria el acto final de una cadena de decisiones que nunca logró interrumpirán el caso del Mencho mas de una década,eso no es victoria,es fracaso.
Un negocio blindado contra la disuasión
Hay otra bomba conceptual en el trabajo con los 33 ex narcos:ellos no compran la idea de que son “máquinas de matar” irrecuperables ni que el narco sea un destino inevitable; se saben tipos que eligieron una industria ilegal porque el cálculo riesgo/beneficio les cuadró. Les cuadró, claro, en un contexto donde ya se sentían socialmente devaluados, emocionalmente rotos y sin un propósito general de vida. No es que el narco sea atractivo por sí mismo; es atractivo comparado con el vacío.
Mientras la política pública siga centrada en balas y no en desmontar esa sensación de desechabilidad, el narco tendrá siempre voluntarios. El estudio lo dice con brutal simpleza: si no evitamos que más niños y jóvenes se sientan desechables, la oferta de trabajo para el narco no se agota. Traducido al lenguaje de presupuesto: cada peso que se va a helicópteros y operativos espectaculares refuerza un sistema que no necesita disuasión porque ya se alimenta de gente que llega derrotada de fábrica.
En esa lógica, la muerte del “Mencho” no corta la cadena de suministro humano. Apenas abre una vacante de lujo en la estructura del CJNG y recalienta las luchas internas por el trono, dejando el mismo menú de siempre para los barrios pobres: halcón, sicario, mula, escolta, o esperar turno en la morgue.
La necro-gestión como modelo de seguridad
Lo que el Estado llama política de seguridad es, en los hechos, una necro-gestión: administrar quién muere, cuándo y con qué narrativa. El estudio de los ex narcos exhibe que al otro lado de las balas hay sujetos que ya aprendieron a vivir con la muerte pegada a la nuca, que normalizaron la violencia desde la infancia y que integraron el riesgo letal como parte del salario emocional.
El sistema responde a eso con más operativos, más fosas, más medallas póstumas, pero casi ninguna inversión real en arrancar de raíz la idea de que, si naciste pobre y marginado, tu destino razonable es morir joven.
Por eso cada “golpe histórico” como el de la muerte del “Mencho” deja una resaca similar: repunte de violencia, reacomodo de plazas, comunicados grandilocuentes, embajadas extranjeras felicitando, medios internacionales preguntando si ahora sí se debilitará el cártel. La respuesta está ya en las historias de vida de esos 33 ex narcos: mientras tenga sentido arriesgar una vida que no se valora, el crimen organizado seguirá encontrando mano de obra. La guerra fracasa no porque falten balas, sino porque sobran vidas que el propio modelo económico trató como basura.
Colofón: capos cansados, Estados cínicos
El titular perfecto para esta era sería: “Muere el ‘Mencho’ y la guerra contra el narco gana lo único que sabe ganar: más muertos”. La academia ya avisó que muchos narcos ven la muerte como un alivio; los gobiernos fingen no escuchar para seguir reciclando el mismo libreto de mano dura y patriotismo de cartón.
El resultado es una coreografía perversa donde un Estado que administra vidas desechables celebra la eliminación de capos que, en el fondo, probablemente ya estaban exhaustos de mirarse en el espejo de su propia violencia.
Si la muerte es alivio, la verdadera crueldad del sistema no está en matar capos, sino en producir generaciones enteras para las que el alivio solo llega en forma de bala. Y ahí, ni todos los “Menchos” abatidos, juntos, alcanzan para presumir victoria. Solo para firmar, una vez más, el acta de defunción de la política pública.
Con información: CIPERCHILE/KARINA GARCIA

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