Un congresista con la libido por encima del criterio, una empleada convertida en chisme y luego en cadáver, y un país que finge que todo esto es solo “un error” más de un político de carrera.
El macho alfa del Capitolio
Tony Gonzales, representante por Texas, no “confesó” porque le remordiera la conciencia, sino porque la presión mediática y política ya lo tenía contra la pared. Primero negó el amorío con su excolaboradora Regina Santos-Avilés, la mujer casada que trabajaba para él y que terminó prendiéndose fuego para escapar del infierno psicológico en el que la metieron. Solo cuando el escándalo le explotó en plena primaria y los mensajes de texto y testimonios lo cercaron, se acordó de la palabra “responsabilidad”.
La carne, el poder y la víctima
No fue solo una “aventura” de oficina, fue un jefe casado con seis hijos pidiéndole “sexy pics” a una subordinada, cruzando líneas éticas, laborales y humanas como si fuera parte del paquete de beneficios del cargo.
Y al final, cuando todo estuvo roto, hicieron con ella lo que dicta el librito no escrito de la doble moral: la aventaron a la plaza pública y la apedrearon a comentarios, chismes y juicios hasta dejarla sin salida. No fueron piedras de cantera, fueron mensajes filtrados, miradas de desprecio en la oficina, susurros en los pasillos del poder, sermones de “valores” pronunciados por bocas sucias, hasta que el peso de esa lapidación la aplastó del todo.
En aquel pasaje bíblico, los hombres arrastran a la mujer sorprendida en adulterio y la ponen en medio para que todos la vean y la condenen, listos para cumplir la ley con piedras en la mano mientras el amante, el otro responsable, se pierde cómodamente en el anonimato. Jesús se agacha, escribe en la tierra, y luego suelta la bomba: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Uno a uno se van, porque ninguno tiene la cara limpia como para lanzar nada, pero la mujer es la única que queda expuesta, temblando, a la espera del siguiente castigo.
Aquí hicieron lo mismo, versión siglo XXI: la sacaron al centro del escándalo, la señalaron como la desquiciada, la aprovechada, la que “se lo buscó”, mientras al congresista lo arropan con comunicados, abogados, discursos de arrepentimiento y promesas de cambio.
A ella la usaron de ejemplo, a él lo venden como testimonio. Y así se cumple la parábola invertida: los que más pecan siguen legislando, y la única que no puede contar su versión es la que ya no está para levantar la mano y decir que la primera piedra la tiró, precisamente, el que juró protegerla como jefe y como servidor público.
El rosario después del incendio
Ya con la carrera tambaleando y arrastrado a una segunda vuelta porque el electorado le pasó factura, Gonzales se sentó en un programa conservador a decir que fue un “lapsus de juicio” y que ya le pidió perdón a Dios, a su esposa y a quien haga falta. Habla de fe fortalecida, de humildad, de seguir adelante, como si el precio de su calentura hubiera sido solo la vergüenza pública y no la vida de una mujer que trabajaba para él. Mientras tanto, la Cámara abre una investigación ética para ver si, además de infiel, fue acosador, discriminador y repartidor de privilegios sexuales desde la oficina; pero el discurso oficial insiste en tratarlo como un hombre que “se equivocó”, no como un poder que destruyó a alguien que estaba bajo su mando.
El muerto no vota, el vivo sí
Regina no tendrá segunda vuelta, ni podcast para llorar, ni micrófono para matizar su versión de los hechos; lo único que queda de ella son reportes forenses, mensajes filtrados y un viudo indignado exigiendo que el sistema deje de proteger al congresista que, según él, abusó de su posición hasta empujarla al borde.
Gonzales, en cambio, sigue en campaña, con investigación ética en curso, pero apelando a la compasión cristiana del electorado y al viejo truco del “ya pagué, ya me arrepentí, ahora déjenme seguir en el cargo”. En un país donde la moral pública se mide en votos y donativos, el verdadero escándalo no es que un legislador se haya dejado gobernar por las hormonas: es que, aún con una empleada muerta en circunstancias devastadoras, el sistema le siga dando la oportunidad de reelegirse como si todo fuera un mal capítulo de telenovela y no una tragedia política con nombre y apellido.

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