En El Verde, Concordia, Sinaloa —una comunidad perdida entre montañas y burocracias— la Fiscalía General de la República promete, como si fuera una hazaña científica, que en una semana dará a conocer la información sobre los restos encontrados en la fosa clandestina vinculada a los mineros desaparecidos. Una semana: siete días que en cualquier laboratorio forense serio del mundo son apenas lo que tarda un algoritmo en limpiar una muestra de ADN y cruzarla con una base de datos. Pero en México, ese lapso suena casi heroico, un logro de Estado.
Porque hay que decirlo: detrás de la demora para identificar cuerpos no hay misticismo, hay mediocridad técnica y negligencia institucional. Mientras en países con sistemas forenses funcionales —como España, Alemania o Estados Unidos— la identificación por ADN toma entre 24 y 72 horas, aquí se acumulan más de 72 mil cadáveres sin nombre. Setenta y dos mil historias reducidas a bolsas de plástico almacenadas en refrigeradores oxidados o apiladas en bodegas improvisadas.
El caso de Concordia apenas asoma la punta del iceberg: vehículos de periciales van y vienen, el Ejército bloquea accesos, los peritos escarban, y los colectivos de búsqueda —esas mujeres que trabajan con fe, palas y rabia— son las únicas que aportan humanidad al proceso. Dicen que la FGR ya identificó algunos restos, pero no aclara cuántos. Que los resultados vendrán “oficialmente” en unos días. Otro expediente que se cocina a fuego lento en la olla de la impunidad.
Si México tuviera un sistema de identificación genética de clase mundial, esos cuerpos ya tendrían rostro y apellido. Pero aquí seguimos dependiendo de los tambores de reacción lenta de un aparato forense sin estándares, sin interoperabilidad y con un presupuesto más parecido al de un taller mecánico que al de una institución científica.
Mientras tanto, la Guardia Nacional custodia una fosa como si fuera el Vaticano, los colectivos levantan “buzones de paz” para recibir denuncias anónimas, y el Estado presume que ya están trabajando. Claro, trabajando en cámaras lentas, en un país donde la muerte es estadística y la identificación, un milagro burocrático.
Con informacion: ELNORTE/

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