EEn el Tamaulipas MORENO donde sobra «humanismo», la transparencia se maneja como un rumor y la decencia anda prófuga desde hace años, el ultimo escándalo de dinero sustraído al erario en el área de Comunicación Social, convertida transexenalmente en guarida de la corrupcion ,donde se paga para silenciar a la prensa de Tamaulipas para que nadie hable con la boca llena,de billetes, la transa con el dinero del publico tuvo nombre, apellidos y hasta árbol genealógico, pero fue resuelta en familia, sin pesquisas, sin tribunales, sin nadie en el bote.
Asi se decidió:
La matriarca,Maria de la Luz Gomez Santiago,esposa del Gobernador que también gobierna sin haber sido elegida en las urnas,buscaba que el responsable del quebranto,Francisco “Paco” Cuellar Cardona, el mismo que manejaba la chequera de la imagen pública del gobernador, fuera echado a la calle tras el robo perpetrado por los suyos.
El asunto no se resolvió con una auditoría ,ni con una comparecencia ante la Fiscalía. No. Aquí, los trapos sucios se lavaron en casa, y la casa en cuestión tiene nombre de residencia oficial. La matriarca del estado —María Santiago de Villarreal, esposa del gobernador Américo Villarreal y dueña del verdadero poder doméstico— decidió aplicar su propio método de “justicia restaurativa”: ordenó a su marido despedir a los amigos y familiares incómodos de Cuellar, esos que aparecían entre los beneficiarios del embute, mientras que al propio Paco lo dejó en su silla, como si nada.
Así, el hombre señalado por el desfalco se quedó firme en el cargo, blindado por el manto familiar del perdón y el silencio. Porque en este gobierno la vergüenza es un recurso escaso y la dignidad, un lujo prescindible. Cualquiera con un poco de amor propio ya habría agarrado su caja de cartón y se habría ido por la puerta de atrás. Pero Cuellar no. Cuellar se quedó. Y el gobierno, con toda su “austeridad moral”, decidió hacer lo que mejor sabe: simular.
Porque cuando la familia manda, la ley estorba. Y en Tamaulipas, la política se volvió asunto de sobremesa, con la primera dama dictando sentencias desde la sala y el gobernador firmando los decretos desde el comedor. Todo muy de familia. Todo muy mexicano. Todo muy descarado.
Un ladrón sin dignidad, el gobernador manso y la esposa implacable
El primero, Francisco Cuéllar Cardona, encarna la miseria moral del funcionario que extravía no solo la decencia, sino el pudor mismo. Su permanencia en el cargo, pese al oprobio público, revela la hondura de su envilecimiento: un hombre sin honor que, sorprendido en falta, confunde la tolerancia ajena con absolución. Entre la infamia y la impunidad, eligió ambas.
Del gobernador, Américo Villarreal, puede decirse que hizo de la mansedumbre su escudo y de la complacencia su estilo de gobierno. Lejos de corregir, tolera; en vez de gobernar, consiente. Su autoridad, domesticada por los afectos, parece más empeñada en preservar la armonía conyugal que en honrar el juramento de su investidura. En su blandura, el poder se disuelve, y con él, la confianza pública.
Y está, por último, la esposa del gobernador, María Santiago de Villarreal: no elegida, pero dominante; sin cargo, pero investida de hecho. Su ascendencia sobre el gobierno no proviene de la ley sino de la voluntad, a veces firme, a veces despiadada, que ejerce con la naturalidad de quien se sabe incuestionable. En ella confluyen el instinto del mando y la arrogancia del poder no legitimado, ese que se ejerce sin rendición de cuentas porque no se obtuvo en las urnas, sino en la intimidad del lecho del mando.
Así, entre la cobardía de uno, la corrupción de otro y la ambición de la tercera bajo el poder de cuarta en Tamaulipas se ha vuelto un espejo torcido donde la decencia desaparece y el Estado se confunde con la familia.
Con informacion: MEDIOS/REDES/

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