Resulta que en Tequila, Jalisco, el maridaje entre política y crimen organizado ya no es novedad, sino costumbre con registro de partido. Desde hace dos años, una regidora morenista se cansó de gritarle al vacío que su propio alcalde, Diego Rivera Navarro (no el pintor, aunque igual pintaba sus acuerdos con tonos de narco), había sellado pacto con el Cártel Jalisco Nueva Generación. Y claro, en Morena nadie escuchó, porque en la casa de la transformación la sordera también es institucional.
Mientras ella rogaba acción, el alcalde se dedicaba a otra gestión: convertir la Presidencia Municipal en sucursal del CJNG. Extorsiones, levantones, desapariciones… todo en el menú del poder local, con postre de impunidad. Eso sí, los viajes y las joyas no faltaban: porque la “austeridad republicana” también tiene su edición limitada, la de los bolsillos llenos de efectivo mal habido.
La regidora Luz Elena Aguirre, antes aliada y ahora paria, fue borrada de chats, amenaza mediante, y hasta le cerraron su escuela de idiomas. Porque en Tequila, al que habla inglés y dice la verdad, lo mandan directo al silencio eterno.
Hoy el relato oficial busca vender lo inevitable: que lo que fue complicidad descarada ahora sea un ejemplo de limpieza política. ¿Qué mejor narrativa que convertir la omisión en virtud? En el México en donde el cinismo es política pública, la historia de Tequila es apenas otro brindis con el vaso lleno de hipocresía.
Con informacion: ELNORTE/

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