La cárcel mexicana no es “centro de reinserción social”, es tiradero a cielo cerrado donde el Estado Mexicano avienta lo que no quiere ver y finge que ya cumplió con la justicia.
La gran mentira de la “reinserción”
En el papel, el sistema presume reinserción; en la vida real, es una fábrica de rencor y oficio criminal. Andrés M. Estrada lo resume sin anestesia: las prisiones en México funcionan como “academia del crimen”, patrocinada por la corrupción y el abandono oficial. El Estado no corrige a nadie: administra miseria y violencia, y encima se da golpes de pecho hablando de derechos humanos.
Custodios y reos: misma jaula, distinto uniforme
La famosa “línea” entre custodio y preso cabe en un solo dato: uno puede irse a dormir a su casa y al día siguiente regresa a las rejas; el otro no. Todo lo demás es espejismo: ambos viven en el mismo ecosistema podrido, tragando olvido, amenazas y salarios de risa. La cárcel no distingue bandos: tritura dignidad humana por igual y escupe sobrevivientes que aprendieron a negociar con el horror.
Corrupción por hambre, no por película
Si un custodio gana 10 o 12 mil pesos al mes, sin uniformes decentes, sin radios y sin respaldo, y un preso le ofrece 2 mil pesos por voltear a otro lado mientras hace una llamada, el sistema ya decidió por él. No es que “se corrompa por malo”, se corrompe porque el propio Estado lo pone contra la pared y luego se hace el sorprendido cuando truena todo. El que no se adapta, es castigado, amenazado o simplemente aplastado por la misma estructura que dice “combatir la corrupción”.
Sin salud mental y con estigma pegado a la frente
En penales federales, donde se supone que hay más presupuesto, la política es: si un custodio se quiebra por trauma o ansiedad, que vaya al ISSSTE, como si el infierno laboral fuera gripe. No hay acompañamiento psicológico, pero sí jornadas interminables, violencia constante y una expectativa absurda de que todo eso no les reviente en la cabeza. Las mujeres custodias mastican doble infierno: además del riesgo de siempre, cargan acoso laboral y sexual en un ambiente donde el machismo viene con logotipo institucional.
La cárcel como basurero moral del Estado
La sociedad prefiere decir “ahí meten a los desechos” y ya, caso cerrado. En el mismo costal van PPL y custodios, marcados como contaminados, peligrosos, “de esa misma calaña”, aunque muchos sólo aprendieron a sobrevivir al monstruo que el Estado les echó encima. La cárcel, al final, es el cuarto oscuro donde el gobierno esconde sus fracasos: una maquinaria voraz funcionando en automático, devorando gente, mientras afuera nos venden el cuento de la “reinserción” con boletín y conferencia de prensa.
Con informacion: EMEEQUIS/

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