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sábado, 17 de octubre de 2026

"57 AÑOS DESPUÉS: la «MUERTE del HERMANO de AMLO es un ACCIDENTE que NO TERMINA de CUADRAR»…una pistola, dos lugares de impacto y una trayectoria incómoda.


Una investigación de Andrew Paxman contrasta la versión familiar con la prensa de 1969: cambian el lugar donde habría golpeado la pistola y la explicación no encaja, según el historiador, con la trayectoria del proyectil. Eso no demuestra que el expresidente disparara, pero deja preguntas que el expediente original ausente no permite resolver.

Cincuenta y siete años después, la explicación sigue teniendo piezas sueltas. El 8 de julio de 1969, José Ramón López Obrador, de 14 años, murió de un disparo en la cabeza dentro de Novedades Andrés, la tienda de su familia en Villahermosa. Andrés Manuel, entonces de 15 años, reconocería décadas después que estuvo presente. La versión familiar sostuvo que fue un accidente: José Ramón manipulaba una pistola, el arma cayó y se disparó. El problema es que, al revisar los relatos, no todos cuentan el mismo accidente.

El historiador Andrew Paxman vuelve sobre esas diferencias en Andrés Manuel. Una biografía en 50 episodios, publicado por Debate. En el cuarto capítulo, “José Ramón: la tragedia familiar”, contrasta las noticias que publicaron al día siguiente Presente, Rumbo Nuevo y Diario de Tabasco con las explicaciones posteriores de López Obrador y sus familiares. No ofrece una sentencia: exhibe contradicciones. Y conviene no confundir una cosa con la otra, por mucho apetito político que despierte el caso.

Una pistola, dos lugares de impacto y una trayectoria incómoda

La primera diferencia está en dónde habría golpeado el arma antes de dispararse. Una declaración atribuida a López Obrador en 1969 situaba el golpe en el mostrador; una reconstrucción familiar publicada décadas después lo colocó en el suelo. El mostrador no es el suelo, aunque ambos puedan terminar acomodados bajo la misma etiqueta de “accidente”.

La segunda discrepancia concierne a la trayectoria del proyectil. A partir de los hallazgos atribuidos a la primera inspección ministerial, Paxman la interpreta como descendente y la contrapone a la explicación de una pistola que cae y se acciona. Esa es la lectura del historiador sobre los indicios recogidos por la prensa de entonces: no debe presentarse como un nuevo dictamen pericial ni como prueba de quién disparó.

Aquí está el límite que ninguna redacción rigurosa debería saltarse: Paxman no establece que Andrés Manuel López Obrador accionara el arma, acusación que hicieron circular algunos adversarios políticos. Lo que identifica son diferencias entre los testimonios y los indicios descritos inmediatamente después de la muerte. Convertir esas inconsistencias en una culpabilidad demostrada sería sustituir la investigación por el linchamiento.

Los contactos aparecen; el expediente, no

La reconstrucción también recoge una versión sobre la intervención de Payambé López Falconi, notario, amigo de la familia y padre del futuro gobernador Adán Augusto López. Según esa versión citada por Paxman, habría ayudado a “enterrar el escándalo”. La frase es explosiva; su condición de versión, indispensable. No equivale a una intervención irregular acreditada.

El historiador retoma, además, testimonios reunidos por George W. Grayson sobre una presunta detención de Andrés Manuel después del disparo, posibles gestiones políticas para proteger a la familia y el supuesto extravío del informe policial durante una administración posterior. Son señalamientos recuperados por la investigación, no hechos que puedan darse por probados solo porque resulten políticamente jugosos

La muerte fue investigada inicialmente por el Ministerio Público de Tabasco. Pero la ausencia del expediente original deja sin resolver lo básico: qué declararon exactamente los testigos, cuáles fueron las conclusiones periciales y qué determinó formalmente la autoridad. Ahí está el agujero documental: sobran versiones para la disputa pública y faltan las actuaciones originales para contrastarlas. La ausencia, por sí misma, tampoco demuestra un encubrimiento.

De tragedia familiar a munición electoral

El caso reapareció como arma política durante las campañas de López Obrador en Tabasco y después, cuando disputó la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal. En 2005, entrevistado por Jorge Ramos, reconoció que estaba presente cuando murió su hermano, rechazó las acusaciones en su contra y sostuvo que había sido un accidente.

La aportación de la reconstrucción de Paxman consiste en separar dos planos que la pelea partidista suele revolver a conveniencia: las acusaciones que circularon durante décadas y los indicios documentales publicados al día siguiente de la tragedia. Ni la reiteración de una acusación la vuelve prueba ni la repetición de una explicación familiar resuelve sus discrepancias. En este caso, el contraste vuelve a colocar sobre la mesa qué se dijo primero, qué cambió después y qué sigue sin respuesta.

Cincuenta episodios para mirar más allá del pedestal y la hoguera

El episodio forma parte de una biografía que recorre los orígenes familiares de López Obrador, sus primeros años de militancia, la fundación de Morena, sus relaciones con grandes empresarios, la militarización de la seguridad pública y la sucesión presidencial de 2024. Paxman, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas, es autor de En busca del señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México y coautor de El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa.

El libro examina otras tensiones de la trayectoria del expresidente: combatir discursivamente a la “mafia del poder” mientras pactaba con integrantes de la élite empresarial; impulsar programas sociales y aumentos al salario mínimo sin emprender una reforma fiscal profunda; prometer justicia y ampliar, al mismo tiempo, la participación militar en tareas civiles. También revisa su relación con la prensa antes de llegar al gobierno y las alianzas y disputas que precedieron a su victoria de 2018 y a la consolidación de la 4T.

La propuesta de Paxman, según la reseña de Proceso, es examinar esa trayectoria sin reducirla a la admiración o la condena. En el caso de José Ramón, eso exige algo menos cómodo que repartir absoluciones o culpabilidades: confrontar las versiones, reconocer los vacíos y no hacer pasar una sospecha por una prueba.

Con información: PROCESO/

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