Tras la caída y abatimiento de Ruben Oseguera,alias El Mencho, México no estrenó “nuevo mapa criminal”; solo le cambiaron el filtro de Instagram al mismo paisaje podrido que el analista en seguridad, Ernesto López Portillo ,lleva años describiendo y que el poder prefiere fingir que no ve mientras nos receta algunos distrractores.
El Mencho como distractor nacional
Matar al Mencho, después de cazar a El Botox en Michoacán y de ver cómo Ryan Wedding se entregaba en Ciudad de México, sirve para el espectáculo político, pero no para desmontar el negocio.
El CJNG no era solo un capo: era una franquicia multinacional del delito con protección política,policiaca y militar, que ya migró del campo a los sintéticos y a cualquier cosa que deje margen: aguacate, limón, tianguis, transporte, huachicol.
El resultado es un país “huérfano” de gran jefe, pero no de estructuras criminales; más bien al revés: estructuras maduras, jefes intermedios en fila y un montón de guerra por venir.
La idea central de López Portillo
Ahí es donde la visión del analista en seguridad y coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana, Ernesto López Portillo López Portillo corta la narrativa oficial como bisturí: Estados Unidos mete presión, México responde con operativos de espectáculo y lo único que colapsa son los liderazgos, no las estructuras.
La consecuencia no es menos violencia, sino más; no menos crimen, sino crimen más fragmentado, más impredecible y más pegado al Estado. Su pregunta es incómoda porque evidencia el truco: “¿van por los liderazgos o por las estructuras del crimen?”, sabiendo que la respuesta real es “por la foto y el titular, no por el andamiaje político-criminal que sostiene el negocio”.
López Portillo insiste en lo que casi nadie quiere tocar: la base social, económica y política del CJNG y demás grupos, y la interacción cotidiana con el Estado, se borran del debate mediático como si fueran temas indecentes. Se sigue repitiendo la fantasía de que Estado y crimen son cosas separadas, cuando la práctica diaria es un continuo de complicidades, nóminas compartidas y captura institucional. Para él, la obsesión con “el último gran capo” es solo el episodio nuevo de una serie repetida: Zetas, Caballeros Templarios, Chapitos, Mencho; cambian los nombres, el ciclo permanece.
Necromaquinaria y necrogobierno
Rossana Reguillo autora de «Necromáquina. Cuando morir no es suficiente«, un ensayo fundamental sobre las formas de la violencia en el país ,sube el volumen: lo de Mencho es una prueba más de la ausencia de políticas de Estado que ataquen el problema estructural. Se elige “decapitar y no desmantelar”: se cortan cabezas, brotan más, y seguimos actuando sorprendidos como si no hubiéramos visto esta película “miles de veces”. La necromaquinaria que describe Reguillo funciona sin menchos ni chapos; opera como red, no como mito individual, y el Estado se limita a jugar al whack-a-mole con los jefes visibles.
En Sinaloa sur, pese a año y medio de operativos y cientos de detenidos, una célula ligada a Los Chapitos desaparece mineros en Concordia y turistas en Mazatlán como si nada hubiera pasado. La “resiliencia” de Los Chapitos no es magia criminal: es la evidencia de que el modelo de seguridad solo toca la superficie del sistema.
Enjambre: cortan la cabeza, no el tumor
La Operación Enjambre es el ejemplo perfecto del tipo de acción que López Portillo critica: luce bien en conferencia, se queda corta en la realidad. En el Estado de México detienen funcionarios y jefes de policía de diez municipios ligados a La Nueva Familia Michoacana; en Jalisco detienen al alcalde de Tequila por operar extorsiones y hacer apología del CJNG y del Mencho. Pero el propio diagnóstico interno es brutal: los resultados son “modestos”, porque otra vez solo se cercena la cabeza del lado institucional, sin desmontar dinámicas, estructuras ni las cadenas largas de corrupción.
Lo que hay debajo es captura del Estado a nivel municipal y estatal: los criminales no solo cobran piso, también son proveedores obligatorios de pollo, tortillas, cemento, grupos musicales, y reclaman espacios en las estructuras de gobierno para controlar padrones, remesas, comercio. En ese contexto, hablar de “mapa criminal” sin hablar de mapa de captura institucional es, en la lógica de López Portillo, una forma de encubrimiento narrativo.
El futuro: guerras regionales
Tras la caída del Mencho, aparecen documentos con nóminas que incluyen pistoleros, comandantes, vigilantes, pero también policías y autoridades, que confirman el control territorial del CJNG en Jalisco, sede de partidos del Mundial este verano.
El secretario Omar García Harfuch dice que hay cuatro posibles candidatos al trono, mientras académicos como Salvador Maldonado recuerdan que el CJNG nació con liderazgo ultra centralizado y que no hay heredero de esa talla. La sucesión no es chisme de narco-series: es la pregunta sobre qué tipo de estabilidad —o inestabilidad— fabricarán los nuevos liderazgos y cómo mantendrán enganchados a muchachos que pelean por 200 o 300 dólares.
Las guerras regionales en Michoacán y en el centro del país serán el laboratorio del futuro: ahí nació el CJNG, ahí se reciclaron los restos de Caballeros Templarios, ahí se van a medir las nuevas lealtades. Reguillo plantea dos rutas: una lucha intestina por un nuevo liderazgo unipersonal que dispare la violencia y exhiba debilidad ante otros grupos, o un “gobierno de sombra” ya pactado, donde la sucesión esté arreglada de antemano. En cualquiera de los dos escenarios, el punto de López Portillo queda intacto: mientras la estrategia siga persiguiendo cabezas para consumo de Washington y pantalla nacional, el verdadero mapa criminal —el que mezcla nóminas, alcaldes, gobernadores ,remesas, agroindustria y miedo— seguirá intacto.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/PABLO FERRI/PATRICIA SAN JUAN

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