Los asaltos en la Autopista Reynosa-Monterrey ya son parte del paisaje: kilómetro tras kilómetro de asfalto, miedo y burocracia. Ayer tocó otra función: un hombre que solo quería llegar a Monterrey terminó tirado en la orilla de la carretera, despojado de su pickup por otro grupo de entusiastas emprendedores del crimen. Todo ocurrió a la altura de General Bravo, donde el Gobierno promete seguridad y los delincuentes la entregan… a balazos.
Según el parte, el conductor de una Ford F-150 roja —sí, ese modelo amado por maleantes y políticos por igual— apenas tuvo tiempo de ver cómo una camioneta negra se le emparejaba. Los tipos le hicieron la clásica seña del “párate o te trueno”; él, con instinto de supervivencia, pisó el acelerador. El resultado: balazos, llantas intactas y un robo más para la colección.
Mientras tanto, la Guardia Nacional, oficialmente encargada de la vigilancia, sigue aplicando su política de invisibilidad táctica: no se ve, no llega y no pasa nada. En teoría, también anda por ahí Fuerza Civil, pero solo aparece en vacaciones o cuando el crimen agenda una conferencia de prensa.
Y aunque la Fiscalía jura que siempre está pendiente, no recibió ninguna denuncia ni el informe policial del caso. Quizá porque en el tramo Bravo–Reynosa la ley viaja siempre en el carril contrario.
El gobierno estatal puede decir lo que quiera, pero los hechos lo exhiben: Nuevo León presume desarrollo, pero en sus carreteras el progreso se mide en robos por hora. Al parecer, la única constante en la autopista es la certeza de que, cuando suena un balazo, las autoridades todavía están haciendo fila para cargar gasolina.
Con informacion: ELNORTE/

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