Parece que en México la corrupción no es un delito, sino una competencia de fondo. Cada sexenio tiene sus medallistas del saqueo, su podio de pillos y su himno desafinado del “yo robé menos”. Enrique Peña Nieto dejó la vara alta: la Estafa Maestra, la Casa Blanca, Odebrecht, la Operación Safiro… un desfile de trajes hechos a la medida del cinismo. Y para coronar el espectáculo, creó el Sistema Nacional Anticorrupción, una especie de zorro que prometia cuidar el gallinero mientras se limpia los bigotes con discreción institucional.
Luego vino Morena con su cruzada moral de “barrer las escaleras de arriba hacia abajo”. López Obrador juró que bastaba un presidente honrado para purificar la república. Lo que olvidó aclarar es que esa limpieza sería más bien simbólica, porque a los pocos años la escoba se rompió: Segalmex, el huachicol fiscal, y miles de millones de pesos que desaparecieron como si fueran ilusiones ópticas del erario.
El Sistema Nacional Anticorrupción, ese monumento al deseo de cambiar sin cambiar nada, terminó como elefante disecado en la sala del oficialismo. A cargo de funcionarios que dicen combatir la corrupción mientras la administran con esmero. Intentar investigar a los allegados del poder —como la Conade de Ana Guevara o los contratos petroleros de la parentela presidencial— es como pedirle a un cura en activo que confiese al Papa.
Vania Pérez, la presidenta del Comité de Participación Ciudadana del SNA, intenta mover el cadáver con valentía, pero cada vez que exige revisar el patrimonio de algún político, le caen encima con acusaciones de “protagonismo”. No es protagonismo, es supervivencia en un sistema donde el que no se acomoda, estorba.
La nueva administración de Claudia Sheinbaum prometió un FBI anticorrupción, pero lo único que se creó fue un expediente extraviado y una rueda de prensa. Mientras tanto, la Auditoría Superior de la Federación hace arqueología presupuestal entre ruinas de proyectos inconclusos, y Transparencia Internacional ya nos coloca en el mismo infierno estadístico que Uganda o Nigeria.
La corrupción mexicana se ha vuelto religión: tiene sus dogmas, sus santos mártires, sus fieles y su clero. Cada gobierno predica pureza, mientras traga del cáliz dorado del presupuesto. Los ciudadanos, mientras tanto, seguimos haciendo colecta para pagar los pecados de los que se confiesan sin arrepentirse.
Con informacion: ZEDRIK RAZIEL/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS

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