En Sinaloa, la seguridad puede venderse por metro cuadrado: caseta, pluma, vigilancia y una barda lo bastante alta para no ver al vecino. El problema es que la barda tampoco obliga a preguntar quién vive del otro lado.
El periodista Ismael Bojorquez,navegante de un barquito de papel llamado «Ríodoce» nos cuenta que, tras el aseguramiento de dos casas, vehículos y armas en el residencial Banús 360, en Culiacán, se supo que una de esas viviendas colinda por la parte trasera con la casa del gobernador Rubén Rocha Moya.
Las separa una barda y la cercanía disparó preguntas: ¿quienes operaban allí lo protegían o pretendían atacarlo? No hay elementos en el texto para afirmar ninguna de las dos cosas. Lo comprobable —y suficientemente inquietante— es la vecindad descrita por el semanario.
Pero la historia no cabe en una privada. Según la crónica, en comunidades del Valle de San Lorenzo son hombres del narco quienes vigilan, revisan vehículos y patrullan. Ríodoce señala situaciones semejantes en Elota, Cosalá y Navolato. Es una imagen brutal por lo que invierte: el ciudadano encuentra controles armados, pero no necesariamente a la autoridad que debería responder por ellos.
Tampoco basta mudarse a un fraccionamiento exclusivo. El texto describe cómo el narco fue ocupando espacios residenciales de Culiacán mientras crecían las privadas que ofrecían, precisamente, «seguridad». La pluma controla la entrada; no certifica la procedencia del dinero ni la conducta de los propietarios. La supuesta «solvencia moral» queda reducida a eslogan inmobiliario si nadie puede sostenerla con hechos.
Ahí está el filo de la impunidad sinaloense: no solo en la capacidad de los grupos criminales para circular armados, sino en la facilidad con que su presencia se vuelve paisaje.
Ríodoce plantea que sectores de la política, los negocios, la Iglesia e incluso la universidad han convivido con ella o se han beneficiado de ella. Son señalamientos bien informados del autor que exigen escrutinio porque ignorarlos sería regalarle otra capa de silencio al problema.
Javier Valdez,periodista asesinado por el Cartel de Sinaloa en 2017, por el mismo que acusa de sobornos a Omar García Harfuch, decía «estamos rodeados» para nombrar lo abrumador. Hoy la frase suena menos a hipérbole que a pregunta para las autoridades: si el narco vigila caminos, ocupa residenciales y se mueve a plena vista, ¿quién investiga esas redes y quién rinde cuentas por haberlas dejado crecer? Una barda podrá separar dos casas. No separa a Sinaloa de lo que ocurre a ambos lados.
Con información: RIO DOCE/ISMAEL BOJORQUEZ/

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