Morena se benefició de su alianza con el PT y el Partido Verde y, al mismo tiempo, los ayudó a crecer. Ahora que sus aliados quieren algo más que acompañar candidaturas y levantar la mano en el Congreso, descubre con disgusto que ellos también saben hacer cuentas por su cuenta.
El crecimiento del PT y del Verde es uno de los frutos —si se les puede llamar así— más visibles de los gobiernos de la Cuarta Transformación. Durante años sirvieron como satélites electorales: aportaban puntos en las urnas, votos en las cámaras y una lealtad que parecía venir incluida en el paquete. Pero el paquete cambió. Ya no les basta con unas plurinominales, bancada propia en San Lázaro y un grupito de senadores. Ahora quieren gubernaturas. Gobiernos estatales completos, con despacho, presupuesto y capacidad de repartir ellos también las cartas.
Y tienen razones para exigirlas. El Verde cuenta con estructuras y aspirantes propios; San Luis Potosí es el caso más claro de una posible candidatura sin Morena. En Quintana Roo también hay intereses locales en disputa, aunque de ahí a dar por hecho una victoria hay un trecho. El PT, por su parte, tiene presencia en distintas entidades y una exigencia que no cabe en ninguna encuesta: que Morena lo trate como socio y no como palero de planta. Aunque, llegado el caso, haya desempeñado el papel con entusiasmo.
En Morena, la ambición de sus aliados se recibe con la paciencia de quien acaba de descubrir que los muebles hablan. A los reclamos se les llama chantaje; a la autonomía, arribismo. La idea de fondo es sencilla: sin Morena no ganan nada. Quizá. Pero fue el partido guinda el que se benefició de sus votos, los sentó a la mesa y les dio margen para crecer. Ahora lamenta que quieran elegir del menú. Les puso zancos a los enanos y se indigna porque ya no aceptan mirar desde abajo. Serán enanos, pero no tarados.
El PT ha llevado esa incomodidad al terreno de las candidaturas. Se apartó del proceso con el que Morena elige sus coordinaciones estatales, cuestiona las encuestas y ha puesto sobre la mesa la posibilidad de competir solo en 2027. No es todavía una ruptura: la dirigencia petista prevé esperar a que terminen las designaciones antes de decidir qué hará con la alianza. Pero tampoco es el berrinche que a Morena le convendría imaginar. En Zacatecas, por ejemplo, el PT apostaba por Geovanna Bañuelos; Morena eligió a Verónica Díaz. La diferencia entre ser aliado y ser convidado de piedra empieza a verse justo cuando se reparten las candidaturas.
La amenaza tiene una lógica electoral que Reginaldo Sandoval, diputado del PT, formuló sin rodeos, según la declaración citada en el texto original: “Cediendo, sin conceder, que no nos da para ganar una gubernatura, pero sí nos da para hacer perder siete, ocho, hasta 12”. La cifra puede discutirse; el mecanismo, no tanto. Un partido no necesita ganar por sí solo para volver decisivos sus votos en una contienda cerrada. El PT quizá no sepa todavía cómo conquistar una gubernatura propia, pero sabe que puede complicarle la conquista a Morena.
Negociar exige escuchar incluso a quien uno considera prescindible, y ahí comienza el problema guinda. Puede que Morena tenga la fuerza electoral para ir sola en muchos lugares. Lo que no tiene garantizado es que cada candidatura deje detrás a aliados y aspirantes dispuestos a perder sonrientes. Despreciar al socio sentado enfrente es una mala táctica, sobre todo si conoce la casa, participó en la obra y sabe dónde cruje el piso.
Morena puede intentar bajarlos del tapanco. El Verde y el PT pueden probar cuánto pesan sin el brazo del socio mayoritario. Por lo pronto, la pelea tiene todos los ingredientes de una disputa familiar por la herencia: unos hablan desde la soberbia del dueño; los otros, desde los zancos que el dueño les prestó y ya no sabe cómo recuperar.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/IGNACIO ZAVALA/

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