El Secretario de Hacienda, Édgar Amador Zamora, protagonizó una disputa con Guillermo Ortiz -quien fue Secretario de Hacienda de 1994 a 1997-, por discrepancias sobre la evolución de los indicadores económicos y sociales en México como la pobreza, la educación, el crecimiento de la deuda, el desempleo y la inflación bajo la administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Ninguno miente de forma burda; ambos practican el deporte nacional de la estadística con encuadre: escogen la foto donde salen menos despeinados. Ortiz acierta al advertir que bajar pobreza no equivale automáticamente a construir movilidad, servicios públicos y empleos formales; Amador acierta al recordar que la reducción de pobreza y la recuperación salarial no son utilería, sino mejoras materiales medibles.
El veredicto rápido
| Actor | Lo que dice bien | Su truco retórico | Veredicto |
|---|---|---|---|
| Guillermo Ortiz | La informalidad ronda 55%; salud, educación, seguridad y Estado de derecho son variables centrales del bienestar | Convierte problemas reales y estructurales en prueba casi total de fracaso de la 4T; mezcla resultados de pandemia, rezagos históricos y responsabilidades recientes | Verdad incompleta, con bisturí selectivo |
| Édgar Amador | La pobreza multidimensional cayó de 41.9% en 2018 a 29.6% en 2024; la pobreza extrema bajó de 7% a 5.3%; el salario mínimo real se recuperó de forma excepcional | Responde una crítica presente con el álbum de horrores de 1995-1997; compara crisis sistémicas de épocas distintas como si fueran auditoría de gestión equivalente | Verdad real, usada como escudo |
La bronca, entonces, no es entre datos falsos y datos verdaderos. Es entre dos medias verdades que se miran al espejo y se declaran indicadores integrales.
Ortiz: acierta en el diagnóstico, exagera en el fallo
Ortiz reconoce tres avances que el gobierno no inventó en PowerPoint: menor pobreza multidimensional, menor pobreza extrema y un salario mínimo que más que duplicó su valor real desde 2018. Pero enseguida intenta rebajar esos resultados con una tesis atendible: una transferencia puede elevar el piso de consumo sin necesariamente elevar el techo de productividad, educación, salud o empleo formal. Ésa es una crítica económica seria.
También da en el blanco con la informalidad: si cerca de 55% de las personas ocupadas trabaja fuera de la formalidad, el aumento al salario mínimo no alcanza de manera directa a una parte enorme del mercado laboral. Celebrar el salario mínimo como si fuera un aspersor universal es olvidar que el empleo informal no cobra por decreto: sobrevive por cuenta propia, sin seguridad social, pensión ni protección laboral.
Pero Ortiz también hace trampa de columnista veterano: presenta salud, educación, extorsión, inversión y justicia como si toda la factura hubiera sido emitida exclusivamente por la 4T. No. La degradación institucional, el rezago educativo y la precariedad sanitaria tienen raíces previas; la cuestión exigible al oficialismo es otra: si los corrigió, los frenó o los agravó. Y ahí Ortiz tiene material para golpear, pero no licencia para borrar el descenso efectivo de la pobreza.
Su frase fuerte —“subieron el piso y bajaron el techo”— funciona como metáfora, no como conclusión demostrada. Para probarla tendría que separar qué parte del deterioro educativo, sanitario e institucional se debe a decisiones de la 4T, cuál deriva de la pandemia y cuál es herencia de administraciones anteriores. Sin esa desagregación, el argumento luce elegante, pero trae las tuercas flojas.
Amador: datos válidos, coartada histórica
Amador tiene razón en lo medular: la caída de pobreza de 41.9% a 29.6% entre 2018 y 2024 implica que millones de personas mejoraron su condición bajo la medición multidimensional; además, el salario mínimo real sí tuvo una recuperación histórica. Eso no es propaganda: es un cambio distributivo de primera magnitud.
Su otro punto —la inflación de 3.26% en agosto de 2026 frente a 51.97% en 1995 y 15.72% en 1997— es numéricamente cierto. Pero como argumento de defensa actual tiene el grosor intelectual de una cartulina: comparar la estabilidad de precios de hoy con la crisis del tequila no prueba que el modelo actual funcione en salud, educación, productividad, informalidad o seguridad. Prueba, apenas, que México de 2026 no atraviesa la crisis financiera de 1995. Ovación cerrada para el calendario.
El secretario convierte a Ortiz en acusado histórico —con razones atendibles por pobreza, devaluación, desempleo y Fobaproa— para evitar responder el punto incómodo: ¿por qué, tras ocho años de 4T, la informalidad sigue tan alta y los servicios públicos no muestran una mejora proporcional al relato de bienestar? Que Ortiz cargue con el Fobaproa no vuelve imaginarias las carencias de salud ni mejora por sí solo las escuelas.
Y hay otra maniobra: Amador acusa a Ortiz de usar “indicadores aislados”, pero responde con la pobreza multidimensional, el salario mínimo y la inflación; indicadores esenciales, sí, aunque insuficientes para certificar bienestar integral. El gobierno pide fotografía panorámica, pero entrega el retrato donde sale con mejor iluminación.
Dónde están las verdades a medias
- Pobreza: Amador gana el dato. La reducción es sustantiva y debe reconocerse. Pero pobreza menor no certifica por sí sola empleo de calidad, servicios funcionales ni movilidad social.
- Salario mínimo: El avance es indiscutible, pero su alcance es parcial en un país donde la informalidad ronda 55%. Es redistribución laboral, no vacuna universal contra la precariedad.
- Inflación: Amador tiene razón en la comparación aritmética, pero construye un hombre de paja: Ortiz no sostiene que 2026 sea peor que 1995 en inflación; discute si el bienestar actual es sostenible e integral.
- Salud y educación: Ortiz plantea el cuestionamiento más peligroso para el oficialismo: transferencias sin servicios públicos de calidad pueden aliviar el presente y hipotecar el futuro. Pero debe demostrar causalidad y no sólo simultaneidad.
- Pasado neoliberal: Amador tiene razón al exhibir que el periodo de Ortiz estuvo atravesado por una catástrofe distributiva. Pero la culpa histórica no funciona como certificado de buena administración presente. Si así fuera, bastaría con ser menos malo que 1995 para pedir medalla.
En sintesis:
Ortiz llega como el exbombero de una época que también dejó humo en el edificio y ahora señala, correctamente, que la salida de emergencia sigue bloqueada. Amador responde mostrando el incendio de 1995 para presumir que hoy hay menos llamas, pero evita explicar por qué la gente aún vive con cubetas: informalidad, clínicas sustituidas por farmacias, rezagos escolares y violencia que cobra cuotas.
La conclusión financiera, sin incienso partidista, es ésta: la 4T mejoró de manera visible el ingreso y la pobreza de la base social, pero no ha probado con la misma contundencia que esté transformando las condiciones que hacen sostenible ese bienestar.
Ortiz tiene razón al exigir ese examen; Amador tiene razón al impedir que se borren los avances distributivos. El primero minimiza el piso que sí subió; el segundo presume el piso para no hablar del techo que sigue agrietado.
Con información: ELNORTE/

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