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martes, 29 de septiembre de 2026

LA «MEDIOCRIDAD PELIGROSA»: SITÚAN a AMÉRICO en la TABLA de los PEORES GOBERNADORES de MÉXICO»… mediocridad no dispara, pero deja la puerta abierta a quienes sí lo hacen.


El porcentaje de desaprobación no describe un tropiezo aislado: retrata una administración instalada en la mediocridad. Para Américo Villarreal, gobernador morenista de Tamaulipas, persistir abajo desde octubre de 2022 no es una mala racha; es la evidencia de un gobierno incapaz de salir de su propia sombra.

La calificación del mal desempeño del gobernador ya no admite la coartada del “momento complicado”, la campaña negra, la herencia maldita ni el algoritmo malhumorado. Cuando un gobernador se mantiene, encuesta tras encuesta, en la zona baja desde octubre de 2022, no estamos frente a una fotografía desafortunada: estamos ante una película demasiado larga sobre la misma mediocridad.

Porque es peligrosa la mediocridad:

La mediocridad en el gobierno es peligrosa porque no necesita provocar una catástrofe de golpe: le basta con dejar que los problemas crezcan mientras presume que todo está bajo control.

  • La mediocridad no dispara, pero deja la puerta abierta a quienes sí lo hacen.
  • En un estado golpeado por la violencia, gobernar a medias no es moderación: es abandonar a la gente por entregas.
  • Lo más peligroso de un mal gobierno no es que fracase una vez, sino que convierta el fracaso en rutina y exija aplausos por administrarlo y todavía espera que le refrenden la confianza en las urnas a alguno de los suyos en 2027 y 2028.
  • Cuando la autoridad se acostumbra a hacer poco, quienes viven de la impunidad encuentran espacio para hacer demasiado.
  • La mediocridad gubernamental tiene víctimas reales: cada decisión postergada, cada omisión y cada problema sin atender agrandan el costo para la ciudadanía.

El dato de MASSIVE CALLER en la encuesta de septiembre, no sólo mide antipatía. Mide frustración acumulada. Mide expectativas que se anunciaron como transformación y terminaron reducidas a administración de daños, discursos de utilería y una ausencia casi profesional de resultados competitivos. 

En política, cualquiera puede caer una vez; el talento verdaderamente ominoso consiste en convertir cada medición en una confirmación de que no hay repunte, no hay corrección y, peor todavía, no hay aprendizaje.

Américo Villarreal parece haber convertido el sótano de la aprobación en domicilio fiscal. Desde que inició su gobierno, el nivel competitivo le ha resultado tan ajeno como la autocrítica. 

El problema no es que una encuesta lo ubique mal; el problema es la consistencia histórica de quedar mal en prácticamente todas. Cambian las casas encuestadoras, cambian las metodologías, cambian los meses, pero el veredicto ciudadano conserva una obstinación incómoda: Tamaulipas no percibe un gobierno que esté a la altura de sus urgencias.

Y eso importa más de lo que al gobernador y a su corte de justificadores les gustaría admitir. La desaprobación sostenida no es un concurso de popularidad ni un plebiscito de simpatías personales. Es un indicador político de erosión: ciudadanos que no ven mejora suficiente en seguridad, servicios, desarrollo, conducción pública ni capacidad de mando. Un gobierno puede sobrevivir a una mala semana; difícilmente puede presumir legitimidad de desempeño cuando su evaluación negativa se vuelve rutina.

Lo peligroso es que esa mediocridad no ocurre en un territorio cualquiera. Tamaulipas carga una historia de violencia, control criminal, desapariciones, extorsión, corrupción y captura institucional que vuelve intolerable cualquier administración tibia, opaca o incapaz de explicar resultados, ahora en medio del eco incesante de su nombre y apellido.

Gobernar mal en un estado con esa realidad no es sólo decepcionante: puede abrir espacio a la impunidad, debilitar controles y normalizar que la autoridad llegue tarde —si llega— frente a los poderes fácticos.

En ese contexto, las acusaciones, los señalamientos periodísticos e investigaciones federales en EE.UU sobre vínculos, tolerancias o zonas de convivencia política con grupos criminales,solo son otro indicador mas de la podredumbre institucional.

Cuando un gobernante acumula desaprobación, carece de resultados competitivos y encabeza una entidad donde el crimen organizado ha condicionado históricamente la política y la seguridad, la obligación de transparencia se multiplica. No basta con decir que todo es “guerra sucia”; hay que demostrar, con hechos, quién gobierna, cómo se combate a las estructuras criminales y por qué los ciudadanos siguen calificando tan mal a quien prometió transformar el estado.

El saldo, por ahora, es brutalmente sencillo: Américo Villarreal no enfrenta una crisis de percepción, sino una percepción fundada en una crisis de desempeño. Y cuando la mediocridad suma la complicidad con el narco y se prolonga durante años, deja de ser un accidente administrativo para convertirse en una criminal forma de gobierno. 

Con información: MASSIVE CALLER/

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