El respaldo político entre el aun gobernador de Morena en Tamaulipas, Américo Villarreal Anaya y Erasmo González Robledo,alcalde del mismo partido en Ciudad ,acero, puede leerse como la estampa protocolaria de una alianza; pero, bajo los señalamientos públicos que los rodean, también luce como algo bastante menos decorativo: complicidad por aclamación.
El gobernador abrazó el informe del alcalde maderense mientras el huachicol, esa industria nacional que todo lo engrasa salvo la verdad, sigue apareciendo en el trasfondo de acusaciones, reportajes, redes políticas e investigaciones federales en EE.UU ,que no se despejan con una foto de presidium.
Respaldo que se traduce: complicidad
En Ciudad Madero la escena fue la habitual: elogios, cifras, aplausos, funcionarios alineados y esa liturgia del poder donde la rendición de cuentas suele terminar rindiéndole cuentas a la propaganda.
Cuando dos figuras políticas profusamente señaladas en publicaciones y espacios periodísticos por una misma trama —la del dinero, los operadores y las presuntas redes vinculadas al huachicol— se arropan en público, el gesto deja de ser mera cortesía institucional. Parece un pacto de supervivencia: yo te legitimo, tú me acompañas; tú inauguras, yo certifico; tú hablas de desarrollo, yo miro hacia otro lado mientras el olor a gasolina se instala en el salón.
Erasmo González presume presupuesto, pavimento y playa; Américo celebra coordinación y bienestar. Nada nuevo: en el diccionario del poder, “coordinación” suele significar que nadie pregunta demasiado y “bienestar” que el discurso llega puntual, aunque las explicaciones se queden atoradas en el camino.
El problema no es que un gobernador respalde a un alcalde. Para eso existen los gobiernos, al menos en el papel. El problema empieza cuando el respaldo se produce en un ambiente cargado de acusaciones públicas sobre presuntos vínculos políticos y financieros con la estructura de Sergio Carmona, empresario señalado en reportajes como pieza central de una red de contrabando de combutibles y financiamiento electoral que alcanza a otras figuras de talla politico-criminal.
Las acusaciones no equivalen a una sentencia —para eso deberían servir las fiscalías—, pero tampoco se borran con un apretón de manos, una inversión anunciada o un informe de gobierno con música de fondo.
En Tamaulipas, el huachicol no sólo ha sido combustible: ha funcionado como metáfora de una política donde el dinero presuntamente ilícito puede lubricar campañas, repartir contratos, aceitar lealtades y, después, exigir protección. Según el reportaje citado sobre Río Bravo, empresas relacionadas con el entorno de Carmona habrían recibido contratos municipales durante la administración de Héctor Joel Villegas; la publicación sostiene que las obras y los domicilios de las compañías abren preguntas que todavía piden respuestas serias, no descalificaciones automáticas.
Por eso el respaldo de Américo a Erasmo no es inocente ni políticamente neutro. Es una fotografía tomada encima de un expediente social: el de una clase política que se abraza mientras alrededor crecen los señalamientos, las sospechas y las exigencias de investigación.
Porque, seamos francos: en política, la solidaridad entre correligionarios es saludable; la solidaridad frente a acusaciones graves, sin explicaciones verificables ni investigaciones transparentes, puede terminar pareciéndose demasiado a una coartada colectiva.
Y cuando el respaldo necesita tanta ceremonia para verse limpio, quizá no es respaldo.
Quizá es complicidad con micrófono, tarima y boletín oficial.
Con información: HoyTamaulipas/

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