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lunes, 28 de septiembre de 2026

LA «COLUMNA YA TRAE GALLINERO»: PERIODISTA TOMA PARTIDO, HABLA de ENCUESTAS SIN CITARLAS y de AMENAZAS SIN ACLARARLAS»… Otra vez, Reynosa en el epicentro político.


Una columna política puede tener filo, ironía y postura. Lo que no debería hacer es vender una metáfora como si fuera una radiografía electoral. En «A Maki se le acaban los pollitos», el periodista Marco Esquivel afirma que «los pollitos que incuban no crecen» y recurre a la imagen de una granja para hablar del grupo familiar. La elección retórica es clara: antes de discutir trayectorias, resultados o propuestas, convierte a los posibles aspirantes en crías incapaces de levantar el vuelo.

La maniobra merece atención. Si alguien «incuba» candidatos, esos candidatos dejan de aparecer como actores políticos con méritos o defectos propios y pasan a ser productos de una familia. Si «no crecen», el lector recibe un veredicto de inviabilidad sin que ese fragmento le dé una medida para comprobarlo. La ironía puede ser eficaz; la pregunta es si debajo del plumaje hay datos.

Esquivel presenta a los posibles sucesores del grupo de Maki Ortiz como «alfiles», «pollitos» y funcionarios a los que hay que «vender» desde Comunicación. En cambio, Magaly Deándar es un perfil que «camina solo», aparece entre los «nombres fuertes» y, según la columna, «estorba bastante». Unos entran al texto convertidos en criaturas de granja; la otra sale convertida en aspirante con vuelo propio.

La operación más hábil está en las encuestas. Esquivel dice que ha visto algunas que colocan a Deándar arriba y reconoce que los resultados cambian según la metodología y la fecha. Pero no identifica en el texto cuáles son, quién las levantó ni qué resultados obtuvo cada aspirante. 

Así, la encuesta funciona como sello de autoridad sin darle al lector los elementos para revisar la afirmación. No demuestra que los datos sean falsos; demuestra que, tal como está escrita la columna, no son verificables.

Después viene la denuncia de la supuesta consigna «Nada de hablar de Magaly». El autor atribuye esa versión a colegas, pero admite que no puede asegurar si hubo una amenaza. Hasta ahí, la cautela es pertinente. 

Sin embargo, enseguida invita a imaginar que el mensaje pudo sentirse «hasta en la cartera». La frase deja flotando una presión económica que el propio texto no acredita. Insinuar sale barato; comprobar, al parecer, cuesta más.

¿Ya tiene candidata el columnista? 

No se puede demostrar una preferencia personal ni un acuerdo político tan solo leyendo una columna. Lo que sí se puede decir es que su relato toma partido: ridiculiza a los aspirantes ligados a Maki, concede a Deándar el lugar de alternativa competitiva y cierra con una pregunta —«¿De verdad les preocupa tanto la tía Magaly?»— diseñada para que cualquier movimiento del grupo contrario parezca confirmar su fuerza.

La opinión política tiene derecho a ser mordaz. También tiene la obligación de distinguir entre lo que sabe, lo que le contaron y lo que sospecha; de separar, en suma, lo informado de lo confirmado.

Al ciudadano le serviría conocer las encuestas, sus fechas y metodologías; saber quiénes recibieron la presunta instrucción de callar; y comparar la trayectoria de todos los perfiles con el mismo rigor. 

Sin eso, la columna no termina de desmenuzar una sucesión: despluma a unos, acaricia a otra y le pide al lector que confunda el plumaje con las pruebas.El periodismo útil al ciudadano puede tomar partido en una columna de opinión, siempre que haga visible su postura y sostenga sus juicios. 

Lo que merece sospecha no es la opinión de Esquivel, sino el veredicto disfrazado de análisis. Si el lector termina sabiendo quiénes son los «pollitos», pero no por qué serían mejores o peores opciones para gobernar, la columna habrá servido más para repartir picotazos que para orientar una decisión pública.

Con información: HoyTamaulipas/

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