Morena en Tamaulipas, partido que aun regentea el gobernador «mañoso» que AVAnza vertiginosamente a una prision federal de EE.UU, parece caminar como quien ya apartó la mesa, pidió la cuenta y hasta presume la propina, convencido de que 2027 será mero trámite administrativo. Pero las elecciones no son un jardín privado donde basta con regar programas sociales, podar disidencias y colgar propaganda para que broten votos eternos,también hay conciencia ciudadana y la visión de un partido criminal y políticamente organizado.
Y es que, Morena sigue soberbia en Tamaulipas y parece haberse instalado en esa peligrosa comodidad de quien confunde una racha con una herencia. Como si el poder viniera escriturado, el voto tuviera dueño y las urnas fueran una extensión de la oficina gubernamental. El mensaje que se respira desde la cúpula es sencillo: pongan a quien pongan, ganan,asi sea Humberto Prieto,ultimo lugar en las encuestas. Total, para qué escuchar a la gente si ya se sienten dueños del aplausómetro.
Ahí está la advertencia de Luis Miguel Iglesias, exfuncionario de la administración de Américo Villarreal, quien patrocinó a su hijo, Américo Villarreal Santiago, alias “El Ameriquín”, recientemente acusado, junto con su madre, por actos de extorsión agravada.
El ahora morenista decepcionado, quien incluso fue coordinador del voto para Claudia Sheinbaum en Reynosa, decidió decir en voz alta lo que dentro del partido muchos prefieren murmurar entre café y café en el Royal Garden: Morena anda demasiado sobrada. Y cuando un partido se siente invencible, suele empezar a tropezar con su propia soberbia, una piedra especialmente eficaz porque siempre termina justo debajo de sus propios pies.
Iglesias sostiene que nadie debería asumir que el resultado de 2027 está escrito. Tiene razón. Las elecciones no se ganan desde un escritorio, ni por decreto, ni porque la maquinaria oficial se active a repartir promesas.
Pero tampoco hay que ser ilusos: Américo Villarreal aún cuenta con el poder de amago del crimen organizado, los recursos ilícitos de los cárteles y la presión política, además de esa peculiar modalidad de clientelismo extorsivo que busca convertir la necesidad ciudadana en un pagaré electoral. Una cosa es administrar apoyos públicos; otra, muy distinta, insinuar que la gratitud debe cobrarse en la casilla.
Porque el voto no debería ser una beca condicionada, ni una despensa con gorgojos y fecha de vencimiento, ni un recibo que deba pagarse marcando el logo correcto. Quien crea eso tambien podria tener razón ,pero debería recordar que el elector puede aguantar discursos triunfalistas, campañas adelantadas y funcionarios que se comportan como si hubieran descubierto la democracia en una oficina con aire acondicionado; lo que no necesariamente aguanta es que lo den por domesticado.
Morena puede tener estructura, presupuesto político, presencia territorial y la ventaja de ocupar el poder a nivel estatal. Eso no vuelve la contienda un paseo por el jardín, mucho menos cuando el jardín está lleno de ciudadanos hartos de que les hablen como si fueran inventario electoral. El exceso de confianza es una droga cara: primero da euforia, luego nubla la vista y al final hace creer que el adversario no existe hasta que aparece en la boleta.
La oposición, por supuesto, tampoco puede celebrar antes de tiempo ni imaginar que el desgaste ajeno le regalará una victoria envuelta en moño. Si PAN, PRI, PT, ciudadanos e independientes quieren tomarse en serio la posibilidad de competir, tendrán que construir algo más digno que una colección de resentidos buscando acomodo. Tendrán que ofrecer un proyecto creíble con una propuesta que conecte con el descontento sin convertirlo en mercancía.
La advertencia de Iglesias vale por lo que dice y por quien la formula: un exfuncionario del gobierno de Américo Villarreal que conoce desde dentro la atmósfera de autosuficiencia que hoy ronda a Morena. Cuando los propios empiezan a advertir que el partido se siente sobrado, conviene escuchar. No porque sean santos repentinos ni porque toda crítica interna sea una revelación divina, sino porque el poder suele perder contacto con la realidad justo cuando se convence de que nadie puede bajarlo de la nube.
En política, como en las escaleras, el golpe más fuerte no lo da quien sube: lo recibe quien, embriagado de confianza, deja de mirar dónde pisa. Y las urnas, aunque a algunos les incomode, todavía tienen la desagradable costumbre de recordarlo.
Y no se debe echar en saco roto lo dicho por Iglesias:
- No se fue de Morena: Morena se le cayó de los ojos.
- Fue operador del voto y testigo de la soberbia
- No cambió de opinión por capricho; cambió después de conocer la maquinaria por dentro.
- Fue morenista hasta que la realidad le pasó la factura.
- La decepción no le llegó desde la oposición; le brotó en casa.
- Pasó de pedir votos para el proyecto a advertir sobre el proyecto.
- La transformación le duró hasta que vio quién movía los hilos detrás del telón, la doctora.
- No habla como adversario improvisado, sino como alguien que conoció el sótano antes de salir a la calle.
- Cuando un exoperador empieza a cuestionar al partido, no es ruido: es la tubería interna reventando.
- De coordinador del voto a crítico del triunfalismo
- La soberbia de Morena no la denunció un extraño; la señaló alguien que ayudó a cargar la campaña.
- Hay decepciones que se escriben con nostalgia; la suya esta escrita con una libreta de agravios y mucho dinero que tiró a la basura.
- Lo que antes fue militancia hoy parece autopsia política: conoce el cuerpo putrefacto porque estuvo dentro.
Con información: Hoytamaulipas/

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