México envejece, tiene menos hijos y, al mismo tiempo, permite que desaparezcan y asesinen a sus jóvenes con una normalidad administrativa que debería provocar vergüenza nacional. No es una paradoja demográfica: es una forma brutal de cancelar el futuro.
En su mas reciente videocolumna, el periodista Héctor de Mauleón no describe una racha de notas rojas ni una estadística incómoda. Pone sobre la mesa una evidencia que el país parece haber aprendido a esquivar: vivimos rodeados de fichas de búsqueda, cadáveres en brechas, expedientes sin responsables y familias obligadas a convertirse en fiscalías paralelas porque el Estado, cuando mucho, llega tarde a levantar el cuerpo.
Scarlett Virginia Ochoa Magaña tenía 13 años cuando desapareció en la colonia Portales. Melanie Leticia Rodríguez Reyes, 15. Jocelyn Sandoval Calderón, 21, estudiante de Derecho, salió de su casa, ayudó a sus padres en el tianguis, fue a la universidad, convivió con su novio y no volvió. Su cuerpo apareció con un balazo en la cabeza. La rutina de cualquier joven —ir a clases, caminar, trabajar, volver a casa— se ha convertido en una ruleta criminal.
Y no son episodios sueltos. No son “hechos aislados”, esa frase burocrática que funciona como aromatizante de morgue. En Tepito, dos jóvenes fueron atacadas a tiros durante las fiestas patrias. En Puebla, los cuerpos de mujeres jóvenes aparecieron en caminos de terracería, entre cobijas y bolsas de plástico. En Morelos, los asesinatos de estudiantes exhiben una secuencia escalofriante: Ailín Rodríguez, Kimberly Ramos, Carol Toledo, Michelle Fuentes y la estudiante española Claudia Tacoronte. Nombres, edades, fechas y, en demasiados casos, una constante: no hay detenidos, no hay avance, no hay justicia.
El diagnóstico de De Mauleón es insoportable porque no necesita adornos: México se está acostumbrando a perder a sus jóvenes. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reportó que, apenas entre junio y julio de 2026, desaparecieron 322 mujeres de 15 a 19 años y 164 niñas y adolescentes de 10 a 14 años. Son 486 desapariciones en 60 días. Más de ocho cada día. Mientras tanto, entre octubre de 2024 y julio de 2026 desaparecieron 7,948 mujeres de 15 a 19 años. No son cifras: son miles de futuros suspendidos, familias mutiladas y comunidades obligadas a aprender el lenguaje de la búsqueda.
El país que envejece
La tragedia adquiere otra dimensión al cruzarla con la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI. México llegó a 130.9 millones de habitantes, pero crece más despacio y envejece con rapidez: la edad mediana pasó de 29 años en 2020 a 32 años en 2025. Una de cada diez personas ya tiene 65 años o más.
Al mismo tiempo, la fecundidad se desploma. La tasa global de fecundidad cayó de 1.9 hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024; y el promedio de hijas e hijos nacidos vivos entre mujeres de 12 años y más bajó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025.
El problema no es, desde luego, que las mujeres tengan menos hijos. Tener o no tenerlos es una decisión personal, no una cuota patriótica ni una obligación estadística. El problema es otro, y es más siniestro: mientras el país reduce naturalmente su relevo generacional, el Estado tampoco es capaz de proteger a las personas jóvenes que ya existen.
México no sólo tendrá menos jóvenes en proporción: está dejando que una parte de ellos sea desaparecida, asesinada, reclutada, desplazada o arrojada a la impunidad. Ese es el verdadero agujero demográfico: no el que produce una libre decisión reproductiva, sino el que se abre cuando la violencia devora generaciones enteras y el gobierno responde con boletines, mesas de trabajo y cifras cuidadosamente maquilladas.
La aritmética de la negligencia
La combinación es ominosa:
| Fenómeno | Lo que revela | Lo que implica |
|---|---|---|
| Envejecimiento demográfico | La edad mediana subió de 29 a 32 años entre 2020 y 2025 | Menor peso relativo de niñas, niños y jóvenes en la población |
| Caída de la fecundidad | La tasa global pasó de 1.9 hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024 | Menos nacimientos y un relevo generacional más reducido |
| Desaparición de adolescentes y jóvenes | 486 niñas, adolescentes y jóvenes desaparecieron en sólo junio y julio de 2026 | La violencia afecta precisamente a la población que deberá sostener el futuro social, económico y político del país |
| Impunidad | Casos sin detenidos, sin móvil esclarecido y sin avances públicos | La violencia se reproduce porque el costo de desaparecer o matar sigue siendo mínimo para los agresores |
Un país puede envejecer con dignidad si crea empleos, garantiza cuidados, asegura pensiones, protege a su infancia y ofrece condiciones para que las personas puedan decidir libremente formar —o no— una familia. México parece empeñado en hacer exactamente lo contrario: envejecer sin red de cuidados, con salarios precarios, sistemas de salud tensados y una juventud convertida en carne de cañón para el crimen, la trata, la desaparición y el feminicidio.
Eso no es transición demográfica. Es abandono institucional con estadísticas.
No es destino, es decisión
Cuando una adolescente desaparece, no desaparece sólo una persona: desaparecen sus estudios, su proyecto de vida, su autonomía, sus vínculos y una parte irreparable de su comunidad. Cuando una joven es asesinada y su expediente se archiva en la práctica, el mensaje para las demás es obsceno: salir, estudiar, trabajar, enamorarse, volver a casa o simplemente existir puede ser peligroso; exigir justicia, todavía más.
La pregunta, entonces, no es únicamente cuántos habitantes tendrá México dentro de veinte o treinta años. La pregunta es cuántos de sus jóvenes llegarán vivos, libres y con oportunidades a ese futuro.
Porque un país que envejece mientras entierra, busca o ignora a sus jóvenes no está administrando una transición poblacional. Está administrando su propia ruina.
Con información: HECTOR DE MAULEON/ ELUNIVERSAL/ MILENIO/

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