Juan Francisco Picos Barrueta, alias el Quillo, escribe desde la carcel una carta de 16 páginas en pluma azul, llena de faltas de ortografía, pero con una claridad brutal: él fue el chofer, el coyote y el tarugo útil que puso a Dámaso López Serrano, el Minilic, arriba de una lancha para salir de Sinaloa rumbo a La Paz, y el mismo al que después dejaron tirado en Mexicali mientras el niño de papi se caminaba solito a los brazos de la DEA en Calexico.
Arranca como si fuera parte de un corrido mal escrito: “Yo Kiyo puse a Dámaso hijo en una lancha para huir hacia la Paz, Baja California, a él y a su primo Mario Alberto, el Liebre… luego Dámaso hijo me dijo que nos entregaríamos a la DEA por Calexico, que yo lo pensara, que nos iríamos con la familia. Yo le dije que lo hiciéramos”. Ahí está el trato: vamos todos, nos entregamos juntos, cruzamos con esposa, niños y hasta el perico, y que el imperio nos reciba como testigos protegidos de lujo. Pero el desenlace tiene poco glamour y nada de lealtad.
Según el propio Quillo, el 27 de julio de 2017 su esposa le revienta la ilusión con una llamada: “el señor con el que andas, Dámaso López Serrano, se entregó en la línea de Estados Unidos”. El show salió en la tele: el Minilic caminando hacia la garita, lo suben a una Suburban negra, y adiós muy buenas. El Quillo marca al número, pero el cel ya está apagado. Se va a un restaurante a ver al primo Liebre, que está llorando porque el compa, el jefe, el compadre poderoso se les adelantó… pero solo. El trato de entregarse juntos se quedó en palabra de narco.
La carta, fechada el 17 de enero de 2025, no es una confesión moral, es un pliego petitorio: forma parte de una demanda civil ante la Corte del Distrito Sur de California.
Desde una celda, el Quillo, sentenciado a 32 años por el asesinato del periodista Javier Valdez, denuncia nada menos que a Estados Unidos, la DEA, el FBI y el ICE. Los acusa de poner en riesgo su vida al extraditar a Dámaso López Núñez y a su hijo, a quienes señala, junto con Iván Archivaldo Guzmán Salazar, de intentar asesinarlo, de perjurio, abuso de autoridad y daños a terceros, como si estuviera demandando a una constructora por filtraciones de agua y no a un aparato de seguridad binacional que lo dejó fuera del reparto.
Y como buen personaje en caída libre, mete todo en el mismo paquete: pide asilo político, ofrece convertirse en testigo protegido y suelta la línea que quiere que resuene en Washington: “temo por mi vida y la de mi familia inmediata (…) debido a la muerte de un periodista que no maté y los culpables están protegidos por la DEA”. El mensaje es claro: ustedes apapachan al autor intelectual del asesinato de Javier Valdez, y a mí me dejaron con la sentencia y la mona de trapo.
En 14 de las 16 páginas, el Quillo se acomoda en la narrativa clásica del Cártel de Sinaloa: en 2006, dice, formó parte del equipo de seguridad de Vicente Zambada Niebla, el Vicentillo; cuando éste cae en 2009 en Ciudad de México, le ofrecen brincar como guardaespaldas del Chino Ántrax y de Iván Archivaldo, pero él asegura que se niega, y por recomendación de un tío termina trabajando con Dámaso López Núñez, el Licenciado. Ahí se acomoda en la estructura que años después se va a partir a balazos.
La carta funciona también como acta de divorcio del Cártel:narra que el 31 de diciembre de 2016, en un rancho de Badiraguato llamado Portezuelos, el Minilic y Iván Archivaldo se pelean en una fiesta, se amenazan de muerte y se van del rancho como adolescentes armados.
El Licenciado le dice al Quillo “vamos porque se van a matar mi hijo y el Iván”, pero al final no van porque el muchacho regresa. Después Ismael el Mayo Zambada convoca a una junta de capos; El Chapo ya es prófugo, pero se presenta. Ahí reparten el mapa: Iván se queda con Culiacán, el Licenciado con Eldorado. La paz dura lo que tarda Iván en meterse a territorio ajeno para reclamarle al Minilic que haya pactado en Ciudad Juárez con César Carrillo, hijo de Amado, porque se hicieron compadres. Papá y hijo Dámaso se quiebran entre sí, y el Licenciado le suelta al Quillo: juntemos gente y estemos listos para la guerra; Iván ya declaró la guerra a los Dámaso.
Según la versión del Quillo, la cosa revienta primero en el ejido Mezquitillo, al sur de Culiacán, donde la gente del Licenciado se enfrenta con la de Iván en terreno del Mayo. El viejo jefe de jefes no quiere balazos en su patio y les ordena que se muevan: la guerra se traslada a la ciudad.
El Mayo monta otra junta, la calma a medias, cada quien por su lado. Pero Iván, dice el Quillo, va por la vía institucional más rancia: convence al Pollito (David López, el Pollo) de que le pase la ubicación del Licenciado.
El Pollito promete ir a la Ciudad de México; el 2 de mayo de 2017 detienen al Licenciado por órdenes de Iván, ejecutadas por SEIDO y la Marina, a las que el Quillo llama sin matices “autoridad mexicana corrupta” y “en la nómina de Iván Archivaldo”.
Con el Licenciado en manos de la autoridad, el Minilic se queda en Eldorado y llama al Quillo: a juntar gente. Empiezan los enfrentamientos en todo el territorio, pero Iván ya compró a la Marina y a los soldados, que se dedican a matar sicarios de Dámaso López Serrano.
Tumbaron las antenas de comunicación y los Dámaso empiezan a perder la batalla. El Mayo se harta de los balazos, hace otra junta con Iván y con Dámaso hijo, pero el Minilic decide que no necesita al jefe del Cártel para pelear. Es más: le dice al Quillo que lo va a grabar con cámara escondida, que si pierden la guerra se entregarán a Estados Unidos y le darán al Mayo y a Iván en charola de plata. Cuando finalmente pierden, el Mayo manda el mensaje por radio: toda la gente de Dámaso que se pase a su bando vivirá.
Vencidos y chamuscados, viene la fuga. El Quillo cuenta que subió al Minilic y a su primo Mario Nungaray Bobadilla, el Liebre, a una lancha para sacarlos a La Paz, mientras él se va en avión. Se reúnen en una privada en Mexicali, donde se quedan cinco días planeando. Dámaso hijo le ordena contratar 30 sicarios, y él lo hace. El Minilic compra armas y cambia droga por armamento a contactos gringos que el Quillo dice conocer. Se mueven a un rancho cerca del aeropuerto, llegan las familias de Dámaso y del tío del Quillo. Es ahí donde sale la propuesta del gran salto: nos entregamos a la DEA por Calexico, con familia y todo.
Antes de cruzar, pasan por un Fiesta Inn en Mexicali. Ahí ven al Cadete, Óscar Emilio Quintero (Emilio Quintero Navidad), jefe de plaza de los Beltrán Leyva en Sonora, con la idea de irse a Obregón. Pero el Minilic cambia el libreto sobre la marcha: “vamos a ver a otras personas aquí en el hotel en otro cuarto”. En esa otra habitación están dos agentes de la DEA. Se encierran tres horas, negocian un “arreglo”, y cuando sale, el Minilic le dice al Quillo: “esto quedó, vámonos”. Cada quien se va con su familia a cenar como si no hubiera una rendición pactada en la mesa de al lado.
El día siguiente, 27 de julio de 2017, a las ocho de la mañana, el Quillo y el Minilic van a llevar comida a los 30 sicarios, regresan a la casa. A las dos de la tarde, el Minilic le dice “vamos a un mandado”, se bajan a un lado de la plaza Cachanilla; Dámaso se sube a otra camioneta, le dice que el Liebre le va a entregar un dinero (que nunca aparece), que su papá lo manda saludar, y remata con un “ahorita te hablo”. Lo único que suena después es el teléfono de la esposa: el muchacho se entregó solo en la garita de Calexico, lo filmaron cruzando, lo subieron a la Suburban negra. El Quillo y el Liebre se quedan en Mexicali, con 30 sicarios, sin dinero y con el capo ya en manos de la DEA.
La historia se oscurece más: el Quillo cuenta que después de eso levantan a su tío en su casa, gente del hijo del Chapo que iba por él. Para escapar se acerca a Rubén Payán, hijo de Genaro Payán Quintero, el Gringo, primo de Rafael Caro Quintero y entonces jefe en Quintana Roo. Pacta viajar con ellos; mientras arma el viaje a Querétaro y luego al Caribe, sigue en Mexicali. En una de esas idas por la carretera a Tijuana, cae en un operativo de la SEIDO, presuntamente a petición de Iván. El Mayo ordena entregarlo a la Policía Federal, que lo traslada a Tijuana.
Ahí, dice, fabrican la escena: llevan un Nissan Versa con armas viejas, las acomodan en su camioneta, montan el circo, le leen sus derechos y lo mandan a la PGR de Mexicali. Lo dejan tres días hasta que un fiscal le dice que no habrá arreglo porque la SEIDO y la Marina lo quieren preso o muerto.
La versión oficial, en cambio, es burocráticamente pulcra: que lo detuvieron el 24 de agosto de 2018 en Mexicali, por pasarse un alto a exceso de velocidad; en la revisión encuentran una Ruger 985, dos armas calibre 9 milímetros, una .45 y 35 cartuchos. Lo acusan de posesión de armas de uso exclusivo del Ejército, con agravante.
Después, el 6 de junio de ese mismo año, la entonces PGR y la Policía Federal le ejecutan orden de aprehensión en un penal de Baja California por su presunta participación en el asesinato de Javier Valdez. La FEADLE logra acreditar en juicio que el Quillo es uno de los tres asesinos materiales, y que el autor intelectual es Dámaso López Serrano, el mismo que cruzó a Calexico como “colaborador” estelar de la DEA. El Quillo, desde la cárcel, dice que lo “implicaron en el asesinato de un periodista”, que no fue él, y que los verdaderos culpables están protegidos por la agencia que se lo llevó de la mano.
En su demanda de derechos civiles, escrita desde un penal, el Quillo alega que su vida y la de su familia corren peligro y pide asilo político a cambio de ser testigo protegido. Explica que no tiene un peso, que apenas sobrevive con lo que a veces le da su familia y la comida del reclusorio, y solicita litigar In Forma Pauperis, para no pagar las tarifas del juicio. Asegura que desde que el Licenciado y su hijo lo dejaron botado en prisión no ha recibido dinero de nadie. El juez del Distrito Sur de California le niega la moción porque no le cree la pobreza; luego le dan una prórroga que vence en septiembre de 2025. Después de esa fecha, el expediente se pierde en el silencio burocrático.
Al final, el documento publicado el 8 de marzo de 2026 en el semanario Ríodoce es una radiografía incómoda: un sicario condenado que intenta reescribir su papel en el asesinato de un periodista, mientras acusa a la DEA de proteger a quienes él señala como verdaderos responsables, y a los capos de siempre de hacer lo que mejor saben: usar, desechar y después hacerse los ofendidos cuando el peón grita traición.
Con informacion: RIODOCE/

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