Ricardo Gallardo,aun gobernador de San Luis Potosí, volvió a hacer lo que mejor sabe: torcer el diccionario para justificar lo injustificable. Con su esposa del brazo —y el Senado como escenario para el idilio—, el mandatario aseguró que no sería nepotismo si la senadora Ruth González decide “relevarlo” en 2027. Dijo “relevarlo”, no “sustituirlo”, porque en el imaginario gallardista el poder no se hereda: se delega en confianza matrimonial.
Según Gallardo, el nepotismo solo ocurre cuando un funcionario mete a trabajar a sus parientes en la nómina. Nada de eso de impulsar a la pareja como su sucesora política: eso, según él, lo define “la gente”. Claro, “la gente” ya sabemos quiénes son en su lógica de clan político: los que aplauden cuando el jefe reparte despensas o inaugura festivales con su apellido estampado en letras verdes fosforescentes.
El gobernador olvida un pequeño detalle: estuvo 11 meses en prisión en 2015, precisamente por el manejo alegre de los recursos públicos. Desde entonces parece haber desarrollado una alergia a las palabras con contenido ético. Así, el exreo Gallardo pretende dar cátedra de moral administrativa. En su mundo paralelo, la elección familiar no se llama nepotismo, se llama “continuidad amorosa del proyecto”.
Lo de esta “Semana de San Luis Potosí” en el Senado fue apenas el preludio: una postal de campaña disfrazada de promoción cultural. Ahí estaba él, sonriente, tomándose fotos con su esposa senadora, vendiendo “orgullo potosino” mientras prepara el siguiente acto de magia política: desaparecer la frontera entre el matrimonio y la gubernatura.
Y si usted se pregunta quién podría detener esa simulación, la respuesta es sencilla: nadie, mientras el discurso populista siga funcionando como perfume para encubrir el olor rancio del poder hereditario.
Con informacion: REFORMA/

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