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domingo, 8 de marzo de 2026

UN «FUNERAL de REY»: LA «CRONICA SABROSA de DE MAULEON DESMENUZA VELORIO y ENTIERRO de RUBEN alias el MENCHO del CARTEL de JALISCO»…que ya pasó a mejor vida y que le da harta envidia al resto.


La videocolumna del periodista Hector de Mauleón para Latinus, es una misa solemne; lo que sigue es la misma historia, pero contada como crónica de cantina, con resaca democrática y hedor a pólvora.​

El rey del ataúd dorado

A Nemesio Oseguera, alias el Mencho, no lo sembraron como al resto de sus víctimas: lo pasearon como a rey de opereta en un ataúd bling-bling, dorado, tasado en casi un millón de pesos, como si la ostentación pudiera lavar décadas de descuartizados en vivo. Mientras medio país no tiene ni para un velorio decente, el capo responsable de sembrar terror en media República fue despedido con más luces que una final de la Champions. El mismo tipo al que millones de mexicanos le deben noches en vela, balaceras, masacres y transmisiones en vivo de la barbarie, salió rumbo al hoyo con cobertura premium.

El país mirón y morboso

México, fiel a su papel de voyerista profesional, se devoró cada cuadro del funeral: las miles de flores, el desfile de dolientes anónimos tapados con cubrebocas, la procesión interminable rumbo al Panteón Recinto de la Paz, en Zapopan. 

Medio millar de coronas cayendo sobre la tumba, como si estuviéramos sepultando a un prócer y no al CEO de la franquicia del horror llamada Cártel Jalisco Nueva Generación. El narco-faraón bajó a la tierra envuelto en flores mientras sus muertos siguen regados en brechas, casas de seguridad y barrancas sin nombre.

Estado escolta del narco

Arriba, en el cielo, helicópteros; en tierra, Guardia Nacional y Ejército blindando el velorio, el traslado y la tumba, como si custodiáramos a un jefe de Estado y no al enemigo interno que nos llenó el país de fosas. El operativo fue tan aparatoso que la nota dio la vuelta al mundo; México volvió a enseñar con orgullo involuntario su especialidad: hacer del crimen organizado un espectáculo nacional. La coreografía oficial fue impecable, sobró músculo, faltó pudor: Estado fuerte para cuidar al muerto equivocado.

Los soldados de tercera clase

Mientras el Mencho tenía funeral de realeza criminal, en la base militar de Zapopan se veló con sobriedad casi burocrática a 25 elementos de las Fuerzas Armadas caídos en el operativo donde abatieron al capo. Hubo guardia de honor, banderas sobre los féretros, pase de lista, discurso a catálogo y luego el discreto envío de cada cuerpo a su pueblo, como si estorbaran en la narrativa oficial. Un militar decía que no había registro, desde la Revolución, de tantos caídos en una sola operación, pero el Estado se apresuró a pasar la hoja como quien cierra incómodo una pestaña del navegador.

El domingo 22 de febrero, mientras ardían 22 estados entre ataques, emboscadas y ajusticiamientos, nadie se tomó la molestia de contar cuántos policías estatales y municipales cayeron; eran, al fin, carne barata del sistema. La empatía gubernamental fue mínima, el silencio, ensordecedor; había que enterrar rápido a los uniformados para que no estorben en la escenografía del “control del territorio”.

La presidenta ausente y la historia presente

La presidenta decidió que tenía cosas más importantes que hacer que acompañar a sus soldados; desde lejos, en gira, aventó unas cuantas líneas de condolencia y dijo que México debía sentirse orgulloso. Orgulloso de qué, no quedó claro: si del operativo, del número de muertos, del funeral del rey o de nuestra capacidad infinita para olvidar. Enrique Krauze tuvo que hacer el servicio fúnebre moral: recordó que una mujer, la militar Carla Patiño, murió heroicamente en la operación, mientras otra mujer, la comandante suprema, ni siquiera se dignó a rendirle homenaje.

“La historia la juzgará”, dicen como amenaza y excusa, pero en realidad es la forma más elegante de decir “ahorita no, joven”, mientras el país se acostumbra a que sus muertos buenos valen menos que sus muertos malos.

Oro para el capo, fosas para el pueblo

El contraste es brutal: el ataúd dorado del Mencho como insulto monumental a las víctimas que vivieron bajo el yugo de su cártel y de todos los demás que han hecho de la violencia su modelo de negocios. El capo del terror se fue al cementerio en su caja de oro, mientras en el Rancho Izaguirre de Teuchitlán aparecieron 1,800 prendas de personas de las que aún no sabemos nada: mochilas, zapatos, tenis, pantalones, playeras, bolsas, documentos, restos óseos calcinados. No hay ataúd dorado para ellos, hay fosas clandestinas y narcocementerios administrados por la misma organización que hoy presume mausoleo de lujo.​

Más de la mitad de los 200 mil muertos del sexenio de Andrés Manuel López Obrador se explican por las guerras que encendió el Cártel Jalisco Nueva Generación, pero el responsable agregado tuvo despedida de rey. Entre 2018 y 2025 se duplicaron las desapariciones, y México terminó de exhibirse como lo que es: un país de fosas y de muertos anónimos, donde hasta en la muerte hay clases. Silencio y anonimato para unos; oro, fasto y escolta militar para otros.

Con informacion: LATINUS/ HECTOR DE MAULEON/

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