Reforma electoral, sí, claro: el letrero de “modernización democrática” colgado encima de la puerta mientras en el sótano se instaló una fábrica de sobrerepresentación para que Morena se quede con el Congreso, la Constitución y la resaca de la fiesta. Oficialmente, el discurso es de “equiparar el voto con la representación”; en la práctica, el truco consiste en convertir el voto de ciudadanas y ciudadanos en una especie de cupón de rifa que siempre se cobra a la casilla de Morena, aunque el nombre de la boleta sea otro.
El truco de la coalición y el “truco legal”
El modelo de Morena no es un error de diseño electoral, es el diseño mismo: una coalición que se presenta como ensamble de partidos y se disuelve en una sola máquina de curules. Morena, PT y PVEM pactaron candidaturas, se repartieron distritos como si fueran un monopoly corporativo y luego, con el voto que se concentra en Morena, distribuyeron los triunfos a cualquiera que hiciera falta para que el gran partido no se quedara pegado al límite de sobrerepresentación legislativa.
En 2024, esa fórmula permitió que la coalición oficialista obtuviera más de 360 diputados con apenas el 54% del voto, lo que se traduce en una sobrerepresentación de alrededor de 20 puntos porcentuales sobre el principio de proporcionalidad. Es decir: el ciudadano vota por el país, pero la cuenta se le carga a Morena en el block de resultados.
Fórmula: el truco de la “primera minoría” y la lista nacional
La nueva reforma electoral, en su versión más reciente, no corrige esta distorsión; la vuelve sistema.
En lugar de limitar la voracidad de la mayoría calificada, se abren válvulas como la “primera minoría” y la reformulación de la lista nacional, que en teoría se presenta como un mecanismo de equidad y, en la práctica, se convierte en una rampa por la que Morena desliza bancadas extras.
La lógica es perversa: si Morena pierde en un distrito, casi siempre se queda en segundo lugar; así, se garantiza que la “primera minoría” termine siendo una subsidiaria de Morena más que una expresión de partidos pequeños.
A eso se suma la eliminación o reconfiguración de la lista nacional de plurinominales en el Senado, que, en lugar de nivelar el campo, empaca más bancadas para el partido en el poder y deja a la oposición con un papel de guionista secundario en la película de la democracia.
El INE y el “fraude interpretativo”
El truco no es solo político, es jurídico‑interpretativo. La lectura chambona de artículos como el 54 constitucional permitió que, en un mismo acuerdo, se aplicara un criterio para una parte del texto y otro para el resto, como si el Tribunal y el INE estuvieran en modo “cortar y pegar” con la Constitución. El resultado fue que, con el mismo texto, se justificó que Morena y aliados se quedaran con una mayoría calificada de 364 diputados pese a que, bajo lecturas más coherentes, ningún partido ni coalición debía superar el 8% de sobrerepresentación. Eso es lo que advierten expertos como Crespo y Hurtado: no se trata de un error técnico, sino de un diseño que permite que el partido con mayor fuerza electoral se convierta, de facto, en un “partido de Estado” con capacidad para reformar la Carta Magna sin necesidad de consensos reales, sólo con la abnegación de la oposición y la complicidad de la interpretación.
La fachada del “simplificar el sistema”
La narrativa de la reforma es la de “simplificar”: menos partidos, menos dinero en campañas, menos trampas, menos ruido. Pero detrás de esa estética minimalista lo que se instala es una maquinaria que concentra poder, reduce la pluralidad y deja a la ciudadanía en el puesto de espectadora permanente.
La reducción de partidos, lejos de limpiar el sistema, se utiliza como excusa para que el partido dominante se quede con más de la mitad de la cámara y, con ello, también con el monopolio discursivo.
La propuesta de “cortar presupuestos” a partidos pequeños no se vende como un ajuste de gasto público, sino como un golpe de béisbol a la competencia: si el dinero es gluten para la oposición, el resultado es un torneo en el que el equipo de Morena siempre juega con ventaja de local, arbitraje amigo y cancha empapada de aceite.
El país que se queda en la sala de espera
Lo que ha significado esta reforma para el país no es un avance técnico, es una torsión progresiva del sentido de la democracia. En lugar de ir hacia un sistema donde el peso de cada voto sea más similar, se avanza hacia uno donde el voto se convierte en un token cuyo valor real lo decide el partido que lo absorbe.
La sobrerepresentación se acepta como un “pequeño coste” a cambio de la “estabilidad”; en realidad, el que asume el costo es la ciudadanía, que ve cómo sus sufragios se diluyen en bancadas que no los reflejan, mientras las leyes se cambian a la medida de quien ya tiene mayoría calificada desde el día cero.
La reforma electoral de Morena impulsada por la Presidenta Claudia Sheibaum «enmascarada de ahorro y buena fe» ,no es un ejercicio de equidad, sino la ritualización de un truco que se repite una y otra vez: el voto sirve, pero el poder se decide en otra sala, donde el sobre‑poder de un partido se convierte en norma y el resto sólo en adorno de la escena.
Con informacion: ARCHIVOS/JURIDICAS/UNAM

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