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miércoles, 11 de marzo de 2026

«OIGANLA NOMAS»: «MINISTRA de LENGUA TORPE RECLUTADA por LOPEZ HABLADOR dice CONCEBIDOS por FECUNDACION ASISTIDA NO son de la FAMILIA»…mera confusión conceptual e ignorancia jurídica.


María Estela Ríos González, esa esforzada discípula del surrealismo jurídico que López Obrador reclutó para la Suprema Corte, volvió a encender el fuego del absurdo: esta vez decretó que los niños nacidos in vitro quizá no formen parte de una familia. Lo dijo como quien deja caer una migaja de sabiduría metafísica en medio de un debate constitucional, apenas alcanzando a recordar cómo se llamaba ese “procedimiento” extraño —in vitro, “¿cómo le llaman estos…?”—.

Difícil decidir si fue lapsus o confesión: ni domina el término ni entiende el concepto. Lo suyo no fue un exabrupto espontáneo, sino la página más honesta de un manual de ignorancia judicial con credencial oficial.

El laboratorio como amenaza moral

Ríos intentaba justificar su voto contra el proyecto del ministro Arístides Guerrero, que proponía invalidar la ocurrencia del Congreso de Chihuahua de agregar “y a la familia” a una fiscalía que debía especializarse en atender delitos de género. Pero Estela, como buena abogada de la fe lopezobradorista, confundió el concepto de “protección integral” con una oda sentimental al núcleo familiar. Lejos de argumentar en derecho, improvisó un discurso de sobremesa moralina donde “familia” se volvió comodín y “derecho” un accesorio prescindible.

Y en ese trance, se le escapó la joya: que los concebidos por fecundación asistida no “forman parte de la familia”. Si ese razonamiento saliera en un examen de Derecho Civil, ningún maestro digno lo aprobaría. Desde el punto de vista jurídico —por si a alguien en su despacho le interesa leer el Código Civil antes de dormirse—, la filiación no depende de la vía biológica, sino del consentimiento, la voluntariedad y el reconocimiento legal. Pero a la ministra, con su “doctorado” del Centro Universitario Emmanuel Kant (porque hasta Kant lloraría ante semejante mal uso de la razón), se le hizo cómodo redefinir siglos de derecho familiar en una frase improvisada.

Entre la casuística y el delirio

No es la primera vez que Ríos confunde el Pleno de la Corte con una sobremesa de sobremandato. Votó un día a favor de un proyecto porque era “muy lindo”, pidió la palabra y olvidó para qué, y en otra ocasión se quejó por no ser la primera en hablar como si el tribunal fuera una fila en el banco. Su récord de intervenciones parece diseñado para probar que la incompetencia también puede tener toga.

Ella encarna la exacta mezcla de obediencia política y desorientación doctrinal que definió a la generación de ministros electos por voto popular: portavoces de la voluntad del Ejecutivo más que jueces de la Constitución. Por eso cuando cita la Convención de Belém do Pará —tratado que en realidad defiende lo contrario de lo que ella dice— lo hace con el mismo rigor que un funcionario cita un meme.

La posverdad de la ministra

Después del escándalo, Ríos alegó que “la sacaron de contexto”. Como siempre, la culpa es del oído ajeno. Dijo que su frase “no fue cuestionar la pertenencia familiar ni los derechos de las personas nacidas mediante técnicas de reproducción asistida”. Pero ahí está la transcripción, fría, dura, sin edición posible: “Salvo quien haya nacido in vitro, a la mejor podríamos estimar que no forma parte de la familia”. No hay contexto que rescate eso. Es ignorancia pura, envuelta en tono maternal.

El problema no es su lengua torpe, sino su mente autorreferencial. A los 78 años, parece convencida de que el Derecho debe subordinarse a la fe sentimental con la que el régimen interpreta la “familia mexicana”. En su universo, la ciencia amenaza la moral, la ley es adorno, y el Estado de Derecho —ese ente frío y racional— es apenas un instrumento que debe “obedecer la voluntad legislativa”.

Epílogo de un síntoma

Estela Ríos no es un accidente: es la consecuencia natural de confundir ideología con mérito. Su asiento en la Corte no simboliza el avance de las mujeres en la justicia, sino el triunfo del clientelismo sobre la jurisprudencia. Su discurso sobre los “nacidos in vitro” no es un desliz, sino la revelación de lo que pasa cuando los jueces dejan de estudiar para empezar a recitar consignas.

En México ya no basta con que los ministros sepan Derecho o parezcan saberlo: basta con que repitan la línea del jefe y sonrían al micrófono. Y Ríos, con sus frases de sobremesa y sus votos “lindos”, ha logrado que la Suprema Corte parezca, por momentos, una tertulia teológica sobre la duda y el absurdo.

Con informacion: ELNORTE/

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