Nancy vivió más de dos décadas en Culiacán, construyó la casa donde se imaginaba bodas, nietos y sobremesas eternas, hasta que las balaceras, una troca sospechosa siguiéndola y los tiros cerca de su puerta le dejaron claro que el para siempre dura lo que un enfrentamiento. Vendieron la casa, rompieron el cordón umbilical con su barrio y ella hasta dejó un trabajo de 15 años como maestra de secundaria para poder largarse con los suyos. El plan sonaba muy simple: cambiar código postal para dejar de vivir con el dedo pegado al botón del pánico.
El papá se adelantó con los hijos, uno en la universidad y otro a punto de salir de prepa, y luego Nancy se subió al tren del destierro voluntario rumbo a Guadalajara, convencida de que allá sí iban a poder caminar tranquilos, sacar a los chamacos a la plaza y respirar algo que no oliera a pólvora.
Pero la “casa de los sueños” se convirtió en cajero automático: lo que pensaban usar para despegar mejor la nueva vida ahora apenas les alcanza para la renta y los básicos, mientras el esposo gana menos en la construcción y ella batalla para conseguir una plaza estable como docente.
«Cuando huyes, pero no te vas”
Guadalajara los recibió con la sonrisa hipócrita de ciudad “más segura” y la misma banda sonorade siempre: sirenas, patrullas y narco-rumores. La muerte y captura de capos desataron otra ola de violencia y a Nancy le cayó el veinte de que no huyó de un lugar, sino de un estilo de vida que ya se volvió nacional: el de agacharse cuando se escucha el primer disparo.
Uno de sus hijos terminó en medio del caos en una plaza comercial, viendo a la gente correr, tirar las compras, encerrarse donde fuera, mientras afuera tronaban balas como si estuvieran de regreso cualquier jueves negro Culiacán. Lo que para muchos es nota roja, para ellos fue déjà vu: el mismo miedo, pero con otra área metropolitana, otra placa en las patrullas y otro gobernador fingiendo demencia pero echando rollos sobre “hechos aislados”.
Migrar sin cruzar la frontera
La historia de Nancy es el retrato incómodo del país: ya no se migra por sueño americano, se migra por miedo mexicano. No cruzan el río Bravo, cruzan del bulevar que ya conocen a una avenida donde el Waze tarda en encontrarles la casa, con la esperanza ridícula de que los balazos respeten el cambio de ciudad. Ella misma admite que nunca estuvo en sus planes irse, pero que cada vez más familias van a terminar empacando lo poco que tienen para buscar un lugar donde los niños no aprendan a tirarse al piso antes que a escribir su nombre.
Porque no es mala suerte, es sistema: te orilla a vender tu casa, a dejar tu chamba, a reinventarte desde cero, solo para descubrir que la violencia no tiene domicilio fijo, pero sí una franquicia en cada estado.
Con informacion: RIO DOCE/

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