El presidente del Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas (CED, por sus siglas en inglés), Juan Pablo Albán Alencastro, corrigió a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien en su conferencia matutina lo desconoció ayer como parte de la ONU e invalidó el contenido de su reciente resolución sobre México.
En otro episodio de realidad invertida, la presidenta Claudia Sheinbaum desconoció que el Comité contra la Desaparición Forzada si es parte de la Organización de las Naciones Unidas y México es parte de esa organización”. La escena, más que política, es arqueológica: revela el estrato de ignorancia institucional donde el Estado mexicano lleva décadas sepultando su responsabilidad sobre miles de desaparecidos que no caben ni en los informes ni en los discursos.
El Comité de la ONU responde sin sarcasmo —porque la diplomacia todavía se aferra al lenguaje civilizado— pero la corrección es demoledora: sí, señora Presidenta, si somos parte de la ONU. Una aclaración innecesaria si el Ejecutivo entendiera que firmar convenios internacionales no es un gesto decorativo sino una obligación jurídica vinculante. Lo que en otras latitudes se llama Estado de Derecho, aquí parece trámite protocolario entre la mañanera y la próxima inauguración.
El trasfondo es brutal. La ONU no reclamó por un tecnicismo, sino por el cementerio abierto que México arrastra desde hace dos sexenios. El Comité pidió resultados, no declaraciones; registros de verdad, no simulacros de “búsqueda humanitaria”. Y justo al enfrentar ese reclamo, Sheinbaum responde como si la desaparición forzada fuera un tema ajeno, una importación exótica más de la agenda multilateral. Mientras tanto, las fosas siguen pariendo huesos, los colectivos excavan en el silencio y el gobierno presume “coordinación interestatal”.
Puede que en Palacio Nacional el lenguaje jurídico no se practique, pero la ignorancia no exime la responsabilidad internacional. La negación publica de que el Comité forzada es parte de la ONU?” quedará como síntoma de la pedagogía del poder: un régimen que observa al mundo con la misma confusión con la que administra sus propias tragedias.
El resto es simple aritmética forense: miles de desaparecidos, cientos de fosas y un gobierno que finge demencia y padece una dolosa ignorancia que pretende parecer virtud
Hay ignorancias que nacen del descuido, y otras —más graves— del cálculo. La que hoy exhibe la titular del Ejecutivo encarna esta última: una dolosa falta de comprensión sobre el lugar que México ocupa ante el mundo y, sobre todo, ante su propia tragedia. negar que el Comité es parte de la ONU” no es un lapsus, sino la metáfora perfecta de un poder que pierde la postura porque confunde el deber con el espectáculo.
La soberanía, mal entendida, se ha vuelto escudo contra la responsabilidad; el orgullo nacional, disfraz de la incompetencia. En vez de hacer el bien, el régimen se dedica a verse bien: su ética es estética, su diplomacia un acto de utilería que sustituye la acción por el gesto. Así se gesta una política que presume sensibilidad ante las víctimas mientras ignora los compromisos internacionales que deberían asegurarles verdad y justicia.
La ignorancia que se pretende decente es siempre la más ofensiva: porque es deliberada, porque elige brillar donde debería reflexionar. Quien gobierna para seducir los reflectores antes que atender la profundidad del duelo nacional termina traicionando no solo el oficio político, sino el sentido humano de su mandato.
Con informacion: PROCESO/

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