La encontraron muerta. Así, con esa frialdad burocrática que le encanta al Estado mexicano: “hallada sin vida una joven”. No un nombre, no una historia —una estadística más para la carpeta de impunidad. Se llamaba Andrea, y sólo había cometido el pecado de seguir buscando a su hermano desaparecido desde 2021. Porque en México, buscar es peligroso; y hacerlo sola es casi una sentencia.
La violencia no improvisa: está codificada. Cada muerte de un buscador o una buscadora no es una desgracia —es una instrucción ejecutada en la arquitectura criminal nacional, donde narcos y autoridades comparten servidor. Los unos matan, los otros indexan, todos colaboran.
Mientras tanto, el gobierno juega a la simulación del “Estado de bienestar”. Las fiscalías declaran “investigaciones en curso” con la misma solemnidad con que el oficialismo celebra sus cifras de abrazos. Y los medios tradicionales vuelven al manual del eufemismo, ese que llama “jóvenes” a los muertos pero “presuntos” a los asesinos con charola.
México sigue corriendo con su sistema operativo infectado, donde la corrupción es el software base y la justicia, un parche opcional que nunca llega a instalarse. Andrea buscaba a su hermano. Ahora la buscan a ella, pero no los agentes de la ley ni los drones del Ejército: la buscan los mismos colectivos que sobreviven gracias al radar del dolor.
Y así, cada muerte repite el mismo ciclo perverso: desaparece alguien, una familia busca, la autoridad estorba, los narcos vigilan, la policía cobra, el Estado calla. Y cuando el silencio se rompe, suele hacerlo de un golpe seco, brutal y sin eco.
Pero no, no es un bug. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
Con informacion: LAOPINION/

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