En un país surrealista donde pasa lo que la ficción no es capaz de imaginar, el funeral del Mencho terminó siendo la ceremonia más cuidada del sexenio.
Mientras miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos con picos y palas, el cadáver de Rubén,no «Nemesio», Oseguera Cervantes .viajó en tour VIP: Fiscalía General de la República, funeraria fifí en la CDMX, traslado a Guadalajara y sepultura blindada en Zapopan, como si se tratara de un ex presidente o un jefe de estado al que solo le faltó la banda tricolor sobre el féretro dorado.
Porque sí, el despliegue fue de antología: patrullas, vehículos pesados, Ejército, Guardia Nacional y Policía de Jalisco haciendo casi valla de honor alrededor del ataúd del capo más sanguinario de los últimos tiempos.
En vez de vigilar calles o detener criminales, los tuvieron de guardias privados en el último adiós del hombre al que se le atribuyen atentados contra funcionarios, periodistas, miles de asesinatos, desapariciones, extorsiones y hasta haber tirado un helicóptero militar a lanzacohetes en 2015. El mensaje era clarito: aquí se cuida más la logística de un funeral narco que la vida de los ciudadanos.]
El cuadro rozaba lo absurdo: sobrevuelos de seguridad, accesos controlados, operativos para “evitar enfrentamientos” mientras el velorio se desarrollaba como fiesta patronal de lujo. En el Panteón Recinto de la Paz, en pleno corazón de Zapopan, aquello parecía más un Coachella del crimen organizado que una despedida discreta: dos carrozas repletas de arreglos florales, música de banda, narcocorridos, trompetas y tambora celebrando la vida del “señor de los gallos”.
El protagonista del show descansaba en un ataúd dorado, de esos modelo Prometean, bronce con chapa de oro de 24 kilates, el mismo estilo que usan celebridades como Michael Jackson o Aretha Franklin, valuado en alrededor de medio millón de pesos.
Porque si algo deja claro el CJNG es que aquí se muere, sí, pero con glamour: lujos, flores rojas y blancas montadas con grúa, coronas en forma de gallos, arreglos con las siglas CJNG bien visibles, como si fuera convención oficial del cártel con patrocinio incluido. México como siempre: pobreza en las colonias, opulencia en la tumba del criminal que las desangró.
Afuera, el Estado haciendo guardia: accesos controlados al panteón, elementos resguardando la periferia, cuidando que nada se saliera de control… salvo el mensaje político, que ya estaba totalmente desbordado.
La misma estructura que no alcanza para proteger a comerciantes del derecho de piso o resolver la inseguridad de Sinaloa,sí tuvo músculo para blindar la misa de cuerpo presente del hombre detrás de los narco bloqueos de hace una semana que dejaron mas de 2 mil millones de pesos en perdidas en una jornada violentísima con masacres de muertes compartidas. En palabras de Adela Micha, el mundo al revés: las fuerzas de seguridad resguardando el velorio del Mencho como si fuera “jefe de Estado o héroe nacional”.
Mientras tanto, la presidenta ni se apareció en los funerales de los soldados caídos en el operativo contra ese mismo cártel. Para ellos no hubo ataúd dorado, ni arreglos gigantes, ni música de banda, ni operativo para que nadie les interrumpiera el descanso eterno. Pero para el capo, todo: despliegue, respeto, silencio cómplice y la garantía de que su último recorrido no fuera entorpecido por algo tan vulgar como la justicia.
Adentro, los asistentes desfilaban con lentes oscuros, gorras, cubrebocas, medio embozados, como si el dress code fuera “prófugo casual”. Uno se pregunta cuántos de ellos tendrán órdenes de aprehensión vigentes, cuántos estaban protegidos de otros cárteles y cuántos más se movían tranquilos bajo lo que parecía una tregua implícita entre crimen y gobierno para que nada arruinara el espectáculo. En México se cancelan conciertos por “falta de seguridad”, pero a los funerales del Mencho se les garantiza paz total.
Y, como siempre, la prensa estorbaba. Las Fuerzas Armadas no querían dejar pasar a periodistas, y a un fotógrafo italiano, estudiante, lo golpearon, le robaron mochila, cámaras y teléfono por el crimen de intentar documentar el reality show de la narcopolítica mexicana. El capo se fue entre flores, música y lujos, sin que se filtrara una sola imagen de su cuerpo; muchas de sus víctimas, en cambio, siguen en fosas clandestinas o desaparecidas, sin ataúd, sin nombre y sin despedida.
Al final, los restos del Mencho se quedan en Jalisco, la tierra que dominó a punta de plata, plomo y fuego. Y el Estado mexicano dejó claro que puede organizar un funeral perfecto para un criminal, pero no puede garantizar una vida digna ni un final mínimamente justo para quienes lo padecieron. Eso de preguntarse si lo vigilaban o lo cuidaban ya suena inocente: el espectáculo dejó la impresión de que aquí, a la hora de la verdad, la línea entre autoridad y escolta del cártel cabe en un ataúd dorado.
Con información: ADELA MICHA/

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