Parece que el gobierno mexicano se volvió su propio muro fronterizo. La última “gran reforma” a la Ley Aduanera, vendida como una modernización brillante, terminó convirtiendo al comercio exterior en un campo minado de trámites, carpetas electrónicas y requisitos tan delirantes que ni Kafka los habría firmado.
Los agentes aduanales —esos que todavía creen que mover carga entre Laredo y Nuevo Laredo es cosa de logística y no de fe— dicen que ahora operar en México es peor que cruzar a pie el Puente Internacional con tres maletas rojas y una declaración sospechosa.
Cada embarque requiere un expediente electrónico digno de una auditoría del FBI: trazabilidad total, soporte documental anticipado y el tipo de justificación que ni Hacienda exige para justificar sus propios desvíos.
En Estados Unidos, el modelo funciona bajo una lógica simple —primero despeja, luego revisa—, pero México decidió hacerlo al revés: revisa todo, atasca todo y luego presume que “ya modernizó el sistema”.
Un agente de Nuevo Laredo lo dice sin rodeos: los costos operativos subieron 50%. Pero no porque haya más comercio, sino porque cada contenedor debe pasar por una jungla de papeles digitales, firmas electrónicas, y sellos que nadie entiende pero todos temen.
Y como si eso no bastara, ahora los agentes deben pedirle a sus clientes información “casi genética” —contratos, comprobantes, declaraciones, certificados— para alimentar monstruos burocráticos disfrazados de expedientes. “Nos volvimos fiscalizadores del SAT”, confiesa uno de ellos. “Estamos haciendo el trabajo de los que se supone que deben simplificar el comercio”.
El resultado: más errores, más correcciones, más tiempo muerto… y más carga para un sistema aduanero que quiere volar con las alas de un dron pero sigue caminando con el lastre de un archivero de los años 70.
El sector lo dice sin maquillaje: el problema no está en un solo artículo de ley, sino en la avalancha de microrequisitos digitales, en la fe ciega en la trazabilidad infinita y en la falta de sentido común. México compite en cadenas norteamericanas donde el mantra es precisión, costo y velocidad. Pero mientras aquí se pide hasta el acta de bautismo de cada tornillo, allá sólo revisan después si algo huele mal.
Y así, bajo el estandarte de la “eficiencia”, el gobierno logró su milagro: un país donde exportar un auto es más complejo que importar un escándalo.
Asi lo dice EL NORTE:
Al respecto, Javier Cendejas, presidente del Consejo Mexicano de Comercio Exterior (Comce) Noreste, añadió que el impacto de esa reforma no viene de un solo artículo, sino de la acumulación de nuevas obligaciones digitales, mayor trazabilidad documental y un estándar de evidencia mucho más alto, lo que se traduce en más trabajo previo al despacho.
El mayor riesgo, aseveró, lo concentran las importaciones porque implican contribuciones, regulaciones no arancelarias y valoración, entre otras complejidades.
Además de que con los cambios han detectado más reprocesos por errores en diversos procedimientos que tienen que corregir, lo que consume tiempo y recursos, detonado la demanda de buscar capital humano con perfiles especializados, que hoy son escasos.
Por ejemplo, si un fabricante mexicano al exportar a EU componentes automotrices con valor de 500 mil dólares lo clasifica correctamente para que entre bajo el T-MEC va con arancel 0%, pero si es incorrecto el desembolso es de 12 mil 500 dólares, porque aplica la tarifa de Nación más Favorecida, además de pagar intereses y multas.
«México compite en cadenas norteamericanas bajo una lógica muy clara: costo total puesto en planta, certeza y velocidad.
«Cuando los requisitos aumentan sin acompañarse de simplificación, interoperabilidad tecnológica, criterios homogéneos, formación de talento, los costos suben, los tiempos se alargan y la confiabilidad disminuye», aseguró Cendejas.
Con información: ELNORTE/

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