El Cártel de Jalisco Nueva Generación no entrena sus sicarios:fabrica despojos humanos. Les llama “Escuelitas” a sus hornos de carne, donde la iniciación consiste en jugar a la ruleta rusa con fusiles automáticos. Humanos solo por definición biológica, sus verdugos administran la crueldad como si fuera materia académica y reprobar equivale a morir.
Asi lo confirma la propia investigación de la Fiscalía General de la República —esa que, con la fineza burocrática de siempre, prefirió llamar al Rancho Izaguirre un “campo de adiestramiento” y no un “sitio de exterminio”. Porque ya sabemos: en México no hay exterminios, solo procesos de selección natural patrocinados por la impunidad.
De cada diez muchachos que llegaban al rancho, ocho regresan en bolsas. Los reclutan con el cuento clásico del jornal: trabajo seguro, pago semanal, casa y comida. Suben al camión en la Central de Guadalajara creyendo que van al campo, y sí, van al campo… pero de tiro. Apenas pisaban la tierra húmeda del Izaguirre, les quitaban el teléfono, la cartera y la identidad. Les dicen que serán “entrenados para servir al patrón”. No les aclaran que el patrón es la muerte.
Ahí gobierna El Sapo, alias El 090, alias El Sagrado Hombre. Una especie de deidad menor dentro del santoral criminal del CJNG. Sus segundos —el Comandante Choco, Piolín y Tuza— son los prefectos de esta universidad de la barbarie, donde los alumnos que reprueban no repiten curso, simplemente no respiran. A los que sobreviven se les otorga el título de “graduados” y el pase directo al Triángulo del Terror: Zacatecas, Aguascalientes y Guanajuato, ese territorio donde la guerra no se estudia, se practica.
Y mientras tanto, la FGR redacta informes con eufemismos quirúrgicos, los fiscales toman café sobre expedientes que apestan a plomo, y los activistas siguen cavando con las uñas lo que el Estado no quiere llamar fosa. Porque lo que ocurrio en el Rancho Izaguirre no era adiestramiento: era ingeniería del horror. Una empresa criminal que conviertia campesinos en sicarios o cadáveres, según el rendimiento en clases.
El CJNG presume eficiencia; en realidad, perfeccionó el desperdicio humano. Y el sermón moral de esta tragedia cabe en una sola línea: el único mérito de esos criminales es seguir siendo anatómicamente hombres… porque todo lo demás en ellos es puro vacío.
Con informacion: ELNORTE/

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