El Gobierno presume que el alza del precio del petróleo es buena noticia para las finanzas públicas, pero el asunto es más complicado de lo que parece. Detrás del discurso técnico hay un dilema muy concreto: si bien entra más dinero por exportar crudo caro, también se encarece todo lo que México importa de regreso, desde gasolina hasta diésel.
Según los Criterios Generales de Política Económica 2026, cada dólar que sube el barril genera unos 11,600 millones de pesos adicionales para el Gobierno. Eso suena fabuloso, sobre todo considerando que el presupuesto del año se calculó con un petróleo de apenas 54.9 dólares por barril y ahora ronda los 80 o 90 dólares. La Secretaría de Hacienda calcula que ese salto podría dejar un “premio” de entre 280 mil y 390 mil millones de pesos extra para las arcas públicas.
Pero la cosa no es tan simple. México sigue siendo importador neto de combustibles. En 2025, por ejemplo, el país vendió petróleo por unos 20 mil millones de dólares, pero compró gasolinas y diésel por casi 29 mil millones. Es decir, el balance es negativo. A eso súmale los petroquímicos y el déficit se va por arriba de los 25 mil millones de dólares.
Entonces, ¿por qué Hacienda dice que ganamos? Porque solo cuenta las importaciones que hace Pemex, no las de empresas privadas. El cálculo, por tanto, sólo refleja el impacto directo en los ingresos del Gobierno, no en el bolsillo de los consumidores.
Ahí entra el verdadero dilema político: ¿trasladar o no el aumento a la gente? Si el Gobierno mantiene los impuestos como están, la gasolina y el diésel deberían subir de precio. Pero si busca contener ese golpe, tendrá que sacrificar parte de esos nuevos ingresos para subsidiar o reducir los gravámenes. En otras palabras, o sube la gasolina o baja la recaudación.
De momento, el Gobierno eligió un punto medio: rebajará el impuesto al diésel, pero mantendrá el precio tope de la gasolina Magna en 24 pesos por litro, al menos por seis meses más. La gasolina Premium quedará fuera del control, así que esa sí subirá según el mercado.
El panorama es frágil. Si el petróleo sigue escalando, habrá que escoger entre liberar el precio (con riesgos de más inflación) o congelarlo (con el costo de restarle oxígeno a las finanzas públicas). El resultado final dependerá de cuánto dure la tensión internacional que empuja los energéticos. Por ahora, el beneficio puede parecer mayor que el daño, pero el equilibrio pende de un hilo.
Con informacion de: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/GERARDO ESQUIVEL/

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