Dicen que el humanismo se mide por la capacidad de ver el dolor ajeno. En este sexenio de relevos, el discurso de “ayuda al pueblo hermano de Cuba” volvió como mantra piadoso. Pero una presidenta que celebra la consigna sin pronunciar una sola palabra sobre los presos políticos, la censura, el hambre ni el miedo cotidiano en La Habana… no practica humanismo: lo reduce a foto diplomática con aroma a consigna revolucionaria.
Y ahí está Claudia Sheinbaum: heredera del guion «cuatritransformador», aplicada en repetir la oración que honra la “dignidad soberana” del régimen cubano, sin mirar a quienes desde dentro piden pan, luz y libertad.
Lo que Sheinbaum no ve, ni dice, ni toca
- No ve los juicios sumarios contra jóvenes que protestan pidiendo comida.
- No dice nada del destierro forzoso de periodistas ni del silencio impuesto a artistas.
- No toca el tema de las transmisiones censuradas ni las cárceles repletas de “delincuentes ideológicos”.
- No se indigna por la persecución de activistas que solo piden conexión a internet.
- No recuerda a las madres cubanas que entierran a sus hijos por falta de medicinas.
- No confronta a La Habana por la explotación de médicos enviados a misiones que terminan siendo trabajo semiesclavo con fines propagandísticos, pues su salario lo cobra la dictadura.
- No reclama que la ayuda mexicana —en comida o combustible— se use para sostener al régimen, no para alimentar a su pueblo.
- No condena la represión ni exige apertura política, aunque presume gobernar con valores de justicia social.
Porque con Cuba, Sheinbaum no exhibe nada: ni empatía auténtica, ni rebeldía ética frente a la injusticia. Solo el reflejo burocrático de quien cree que humanismo es alinearse a una consigna.
Una presidenta miope y convenenciera
Ese silencio selectivo tiene precio político. En nombre de la “soberanía” se protege a un régimen que pisotea la dignidad humana —y se relativiza el sufrimiento de miles porque es “un asunto interno”. La miopía moral consiste en confundir solidaridad con complicidad, y la conveniencia política en vestir de “neutralidad respetuosa” lo que en realidad es cobardía diplomática.

Humanista no es quien repite los gestos de su antecesor para mantener el guion ideológico intacto. Humanista es quien ve el dolor, aunque incomode a sus aliados. Y Sheinbaum, en ese sentido, no gobierna desde la empatía: gobierna desde la conveniencia.
Con informacion: APNEWS

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